Opinión | Anomalías

Escritor y fotógrafo
Dieciséis amaneceres

La Tierra sobre la Luna, vista desde el Apolo 11 el 20 de julio de 1969. / NASA
Predominan los grises. La única nota de color son los tonos azules del planeta Tierra flotando solitario y frágil contra el fondo negro del espacio, y alguna sección del fuselaje del Eagle, el módulo de alunizaje que acaba de desprenderse del Apolo 11 y sobrevuela la superficie de la Luna.
A bordo del Eagle viajan Neil Armstrong y Buzz Aldrin. Michael Collins permanece en el Apolo, esperando a que las huellas de sus compañeros se fijen al polvo lunar y Nixon haga su llamada desde el Despacho Oval de la Casa Blanca.
Después de tomar la fotografía, el Apolo se adentra en la oscuridad más absoluta. Durante 48 minutos, incluso las transmisiones de radio desde Houston se cortan cuando la nave recorre en completo silencio la cara oculta de la Luna. En esa órbita elíptica permaneció Collins las veintidós horas que duró el paseo de sus compañeros en el Mar de la Tranquilidad.
Mientras millones de espectadores se reunían en sus casas, en sus trabajos, en los escaparates de las calles para contemplar emocionados ese momento para la historia, Collins permanecía aislado en el interior de su nave, solo, el único ser vivo excluido de esa imagen de extraña y sobrecogedora belleza, que él mismo había tomado.
Como Collins, yo también quise ser astronauta. Ahora pienso que no podría soportarlo. La conciencia de mi propia insignificancia se desbordaría si pudiera asomarme a una escotilla y contemplar la totalidad del planeta en el que vivo, la forma precisa de los continentes, la nervadura de los ríos, los países sin fronteras. A cuatrocientos kilómetros de altura la vida en la Tierra es una intuición. Nada se mueve. Salvo por las nubes y tormentas que sobrevuelan los océanos, la tierra llana y las dorsales, el pulso del planeta parece haberse detenido.
A pesar de no abandonar la tierra firme, no soy del todo ajeno al denominado Overview Effect –el efecto perspectiva–, ese cambio cognitivo que experimentan las personas que contemplan la Tierra desde el espacio, su fragilidad, la fina capa protectora de la atmósfera, la insignificancia de los conflictos humanos en la vasta extensión que los rodea, e incluso el despertar de un sentido de responsabilidad hacia el cuidado del planeta.
Hoy no parece posible, pero hubo un tiempo en que la Tierra flotaba en un impoluto espacio negro. La primera mácula se produjo el 4 de octubre de 1957, cuando un artilugio con forma de pomelo –según las palabras de Jruschov– se convertía en el primer objeto fabricado por el hombre en alcanzar el espacio.
Así nació el primer vertedero espacial, con un trocito del Sputnik, ahora acompañado de otros pedacitos de chatarra que orbitan el planeta en un recorrido sin fin, pequeños proyectiles que amenazan el viaje de otro artilugio asombroso que también orbita incansable la Tierra.
No conozco las órbitas cambiantes de la Estación Espacial Internacional, pero estoy seguro de que alguna de ellas cruzará sobre mi cabeza.
¡Qué vista extraordinaria la suya, ajena a las menudencias de los hombres!
Podría levantarme y hacer el amor con mi esposa, o acuchillarla, o saltar desde la terraza y estrellarme contra el asfalto. Podría prenderle fuego al edificio, salir a navegar, plantar un árbol, ser padre. Tal vez escribir un libro. Pero nada de eso importaría. Para un observador espacial ni siquiera existiría.
En un parpadeo la Estación Espacial cruza fugaz mi tramo de cielo y ya singla sobre el Atlántico rumbo a la costa este americana, que aparecerá en su horizonte en apenas unos minutos.
Dieciséis amaneceres en un solo día. Dieciséis atardeceres. Así de rápido viaja. Así de irrelevante es la vida sobre la Tierra si uno mira desde lejos. Una rara probabilidad.
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