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Opinión | Cuaderno de bitácora

María Oruña

María Oruña

Escritora

París

Una imagen de los disturbios del pasado sábado en París.

Una imagen de los disturbios del pasado sábado en París. / Julien Mattia / DPA

Debo confesarles que no tengo ni la menor idea de fútbol, por mucho que cante a favor del Celta de Vigo cuando hace falta. Si me preguntan cuántos jugadores son necesarios sobre el campo, responderé a boleo y solo acertaré si ese día los astros me acompañan. Dado el nivel, por tanto, y como se imaginarán, no estaba yo el último fin de semana de mayo muy pendiente de la final de la Liga de Campeones en París. Sin embargo, sí me llegaron las noticias sobre los tremendos disturbios que sucedieron en la otrora romántica ciudad «de la luz». Lo había visto en el telediario, pero escuché también la conversación de una mesa cercana en un restaurante:

–Increíble, casi ochocientos detenidos y un chico muerto. ¡Y más de doscientos heridos!

–Los del Arsenal, ¿no? Qué mal perder, qué pena.

–No, no fueron los ingleses los que la liaron –negó el otro–, sino los de París.

–¡Pero si fue el Saint Germain el que ganó!

El otro se encogió de hombros.

–Ya no hay respeto por nada.

–Pero, pero… –el contertulio no daba crédito– ¿Fue de madrugada, con todos borrachos?

–A media tarde, comenzaron. Y de ahí, a liarla en los Campos Elíseos.

Mientras los dos hombres hablaban, me quedé pensando en aquella avenida de los Campos Elíseos, que yo misma había recorrido hacía tan solo unas semanas. Aquel lugar había sido un punto clave para las marchas de la Revolución Francesa y también había visto cómo las tropas aliadas, en 1944, caminaban sus casi dos kilómetros en la llamada Liberación de París. Momentos épicos en los que el esfuerzo de vivir cobraba sentido, en los que se luchaba por algo. Y, ahora, me da la sensación de que toda esa gente, ese tumulto de veinte mil aficionados repartiéndose puñetazos, luchaba también por una causa. Nada que fuese lógico ni legítimo, por supuesto, pero el encuentro deportivo no era más que una excusa para poder gritar y liberar la rabia. Tal y como muestran los hechos objetivos, ni siquiera importaba ganar o perder el partido: la necesidad vital era la de volver a lo primitivo, a la adrenalina. Porque, ¿acaso todos los que estaban en la reyerta eran pusilánimes y maleantes genuinos? ¿Vagos sin valores y sin nada que hacer aquella tarde? Habría unos cuantos de esos, sin duda. ¿Y los otros? Niños pijos y caprichosos, tal vez. Otros serían trabajadores y, por lo general, «buenas personas». ¿Qué les sucedió aquella tarde en París? La rabia, la injusticia y la frustración, supongo, también hacen su trabajo. Imagínense el mismo percal en España, que no es difícil. El joven que no puede comprarse una casa, el que no tiene ya esperanzas de que su carrera universitaria lo saque de trabajar en un restaurante de comida rápida, o el que es inmigrante y no deja de ser tratado como un hijo de un dios menor. El que paga impuestos y ve cómo hasta los políticos más honrados han sido vencidos por el peso del poder y, corruptos, se han llevado lo que era del pueblo.

No hay excusa para la violencia gratuita. Pero no seamos cándidos, ni blandos. Los que saben que carecen de futuro sienten menos destrozar todo lo que encuentran a su paso.

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