Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión | Salud&Placer

Emma Placer

Emma Placer

Psicóloga y sexóloga

Quedarse quieta no es consentir

@a2c_ilustracions

@a2c_ilustracions

Hay una imagen que casi todo el mundo imagina: un conejo en mitad de la carretera, de noche, iluminado por los faros de un coche. Está paralizado, no corre, no reacciona, se queda inmovil. Desde fuera podríamos pensar: «pero muévete». Pero el miedo no siempre es huída. A veces, es bloqueo y parálisis. El sistema nervioso se queda sin salida y responde quedándose inmóvil.

Durante mucho tiempo, hemos imaginado la violencia sexual desde una escena muy concreta: una mujer gritando, corriendo, empujando, luchando, arañando o pidiendo ayuda. Y claro que muchas mujeres se defienden así. Pero otras no pueden. No porque no quieran. No porque les dé igual. No porque consientan. Sino porque el cuerpo, en ese momento, entra en modo supervivencia.

La inmovilidad tónica o tonic immobility, es una respuesta automática que puede aparecer ante situaciones de miedo extremo, sobre todo cuando la persona percibe que no puede escapar ni defenderse. Es una especie de apagón: la persona puede quedarse sin poder moverse, sin poder hablar, sin gritar, sin empujar, incluso aunque por dentro esté aterrada.

No es una decisión. No es debilidad. Y, por supuesto, no es consentimiento.

Esta reacción se ha estudiado durante años en animales y también en personas que han vivido experiencias traumáticas. En humanos, se ha descrito en accidentes, catástrofes, violencia extrema y agresiones sexuales. Algunos estudios la relacionan con inmovilidad física, miedo intenso y disociación. No solo se paraliza el cuerpo, también puede aparecer una sensación de desconexión, de irrealidad, de estar fuera de una misma.

Recuerdo con mucho dolor cuando salió la sentencia de La Manada. No solo por la sentencia en sí, sino por algunas de las justificaciones que se leyeron después. Me impactó especialmente esa manera de mirar a una chica de 18 años, rodeada por cinco hombres, y buscar en su cuerpo señales de «relajación», de «jolgorio» o de «participación», como si una víctima tuviera que representar el miedo de una forma perfecta para ser creída.

Durante el interrogatorio, la fiscal le preguntó: «¿Usted en ningún momento consintió lo que pasó?». Ella respondió: «No, no consentí en ningún momento. Es que el bloqueo que yo sentía era tan grande que no pude hacer nada, simplemente someterme a ellos y hacer lo que decían, y cerré los ojos y esperé a que eso pasara».

Lo preocupante es que todavía haya quien lea esa parálisis como duda. O peor, como consentimiento. Por eso es tan peligrosa la pregunta «¿por qué no se defendió?». Porque parte de una idea falsa: que defenderse siempre está disponible. La ausencia de resistencia física no demuestra consentimiento. Puede demostrar pánico, bloqueo, sometimiento o terror.

Y aquí no hablamos solo de sensibilidad social, hablamos también de conocimiento científico. La inmovilidad tónica no es una ocurrencia moderna ni una excusa construida después. Es una respuesta del miedo estudiada, descrita y observada en situaciones de amenaza extrema. Si los textos legales, las valoraciones judiciales y quienes tienen que interpretar estos casos comprendieran mejor cómo funciona el trauma, quizá dejaríamos de pedirle a las víctimas una defensa imposible. Esto es básico, pero no para sustituir la prueba jurídica por psicología sino para interpretar mejor lo que se está viendo y escuchando. Para no confundir bloqueo con consentimiento. Para no convertir la supervivencia en sospecha.

Placeres, gracias por la lectura. Nos leemos y escuchamos en www.saludplacer.com

Suscríbete para seguir leyendo

Tracking Pixel Contents