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Opinión | Quod bonum tenete...!

Monseñor Alberto Cuevas

Monseñor Alberto Cuevas

Sacerdote y periodista

Invitación al buen humor

Asistentes a un festival de humor.

Asistentes a un festival de humor. / Adrián Irago

Deseoso de escribir sobre el humor hube de visitar en mi ordenador al doctor Google como últimamente hago con más frecuencia de la deseada, lo mismo que me sucede con la farmacia. Y es que no recordaba el último de los humores que distinguía Hipócrates; a saber: flema, sangre, bilis amarilla y la que me faltaba, la bilis negra. Como es sabido esa teoría de los cuatro humores, llamada en ocasiones humorismo, que por tales madrigueras hurgaba yo en mi cacería de ideas –y de la que siempre se nos advierte no debemos confundir con la teoría de los cuatro temperamentos, que se nombran de modo casi semejante: flemático, sanguíneo, colérico y melancólico. El tal sistema humorístico fue un sistema de medicina arcaico, y desde ya hace mucho considerado totalmente acientífico, que adoptaron muchos médicos y filósofos griegos y romanos para deducir que el funcionamiento del cuerpo humano se basaba en la interacción preeminente de alguno de esos supuestos cuatro humores. Desorientado en esa búsqueda del humor y del humorismo por los inescrutables senderos de Google y Wikipedia fui arrebatado como en una montaña rusa, un carrusel imparable o un laberinto de las bromas de una a otra palabra semejante, encontrándome con temas tan simpáticos como: chistes infantiles y muy divertidos : «¿por qué las cigüeñas encojen una pata para dormir?» o «¿papá, qué se siente al tener un hijo tan guapo?», pasando por los mejores chistes para reír al instante, tal que así: «¿cómo se despiden los químicos? Ácido un placer» o «¿cuál fue el último animal que subió al Arca de Noé? El del-fin». El caso es que, en esa peregrinación y búsqueda, que ya me resultó durante un buen rato imposible de abandonar, pues me enganchó por detectivesca, graciosa e incluso pedagógica al despertar en mí el goce del buen humor del que estaba disfrutando. Pero luego me encontré de frente con afirmaciones sanadoras que necesariamente me hicieron caer en la responsabilidad de transcribirlas para bien de mis lectores, aunque aquí no vaya a hacerlo a la letra. Y a ello voy.

En esa lectura reflexiva me encontré con lo que por experiencia sabemos y es que el mal humor es una respuesta emocional agria ante una situación que nos desborda, algo que sobrepasa nuestro umbral de tolerancia y por ello suele ir acompañado de una notoria irritabilidad o mala leche. Por el contrario, el buen humor nace de la capacidad de asumir y remontar en la vida diaria los desgastes inherentes al propio vivir, relativizando con realismo aquello que resulte negativo o triste. El buen humor suele ser compañero habitual –¡lo describo así para animar al buen lector!– de las personas inteligentes con gran capacidad de síntesis y creatividad. Algunos estudios destacan que las personas con gran sentido del humor, incluyendo el humor negro y el de reírse de sí mismo, suelen poseer un cociente intelectual superior, ya que procesan rápidamente una solución original en situaciones muy complejas.

Innumerables para hacerlo en este espacio, los beneficios que atribuyen los especialistas al sentido del humor pues reduce, dicen, el estrés al liberar endorfinas; fortalece el corazón al mejorar la toma de oxígeno y refuerza las defensas pues fortalece el sistema inmunológico. Además, mejora la memoria y aumenta la resiliencia al cambiar la perspectiva del drama presente convirtiéndolo en algo susceptible de ser manejable. De las ventajas e impacto en la relación social baste decir que a todos nos gusta estar rodeados de gentes con buen humor y simpatía, que nos hagan reír y que rompan con salero algunas situaciones tensas.

Sobre los beneficios comprobados del reírse y de lo que de ello dice la ciencia además de nuestra experiencia, quizá hablemos otro día. Por hoy sólo indicar que «la risa relaja la rigidez con la que solemos percibirnos a nosotros mismos y al mundo. Es como si desactivara el peso que acompaña a nuestras preocupaciones y generara una sensación de alivio tangible, casi física», dice el doctor Diego L. de Gomara. Pues ahí os dejo esta invitación al buen humor y a la risa, que buena falta nos hacen siempre pero ahora más con la que está cayendo.

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