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Opinión | Ni diestro ni siniestro

Jesús G. Maestro

Jesús G. Maestro

Catedrático de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada de la Universidad de Vigo

Harvard, tenemos un problema: universidades enfermas

Graduación de alumnos de Harvard, el pasado año.

Graduación de alumnos de Harvard, el pasado año. / CJ Gunther/EFE/EPA

Nuestras universidades están mucho más enfermas de lo que queremos reconocer y políticamente no se hace nada decisivo por afrontar este problema. Miren lo que les traigo hoy.

La publicación de un informe interno de la Universidad de Harvard sobre el deterioro de la vida académica ha puesto sobre la mesa una cuestión que promete dar mucha guerra en tiempos de paz. El problema no afecta únicamente a una de las universidades supuestamente más prestigiosas del mundo, sino al conjunto de las universidades occidentales y, de forma directa, a las democracias del siglo XXI.

El informe, difundido públicamente a través de diversos medios y comentado por The New York Times, describe una situación paradójica: una parte considerable de los estudiantes apenas asiste a clase y, sin embargo, obtiene calificaciones excelentes. Lejos de tratarse de una anomalía aislada, el documento identifica además una serie de síntomas muy amplios que revelan una transformación profunda en nuestro actual sistema universitario.

¿Cómo es posible obtener notas excelentes sin asistir a clase? La pregunta resulta impertinente por su aparente contradicción. Desde siempre, el rendimiento académico se asocia al estudio continuado y a la asistencia regular. Sin embargo, el caso de Harvard parece quebrar esa relación histórica entre dedicación y excelencia académica.

La situación puede compararse con la de un pianista que pretendiera interpretar el Concierto para piano número 1 de Tchaikovski practicando apenas unos minutos al día. La propia universidad interpretó este fenómeno como síntoma de deterioro institucional y encomendó a una comisión de especialistas examinar a fondo el asunto, al considerarlo una amenaza directa a la legitimidad de su formación universitaria.

Sin embargo, Harvard no está sola, porque al resto de universidades occidentales le ocurre exactamente lo mismo, y no porque la imiten de forma directa, sino porque comparten los mismos valores occidentales y democráticos. Según el documento, la mayor parte de los alumnos dedica más tiempo a actividades extracurriculares, prácticas profesionales, asociaciones estudiantiles o estrategias de promoción curricular que al estudio mismo.

La imagen publicitaria del currículo termina imponiéndose sobre el valor del conocimiento realmente adquirido. El estudiante universitario del siglo XXI percibe que el éxito depende más de las apariencias que de los estudios propiamente dichos. Este fenómeno no pertenece en exclusiva al ámbito universitario. Forma parte de una cultura marcada por la exhibición pública de la identidad y por la necesidad constante de exposición social. La universidad aparece así subordinada a una dinámica narcisista más amplia, característica de las sociedades digitales contemporáneas.

Otro de los elementos señalados por el informe es la fuerte inflación académica. Diversos medios estadounidenses indicaron que aproximadamente el 60 % de las notas concedidas correspondían a la máxima calificación posible. Hace dos décadas algo así no era normal: hoy es una exigencia del sistema que el propio sistema ya no puede asumir ni controlar.

Algo así es incompatible con la realidad, porque el alumno está idealmente sobrevalorado y luego, cuando se enfrenta al mercado laboral, la realidad lo pone en su sitio, pues no siempre encuentra el trabajo prometido por las altas calificaciones universitarias. La realidad está en el mercado, no en las aulas. La empresa no mira tu expediente académico, sino tu rendimiento laboral y tu facturación real. No te minusvalora la realidad: te sobrevalora la universidad.

Esta inflación académica produce un efecto muy peligroso, al generar expectativas profesionales desproporcionadas respecto a las capacidades reales del estudiante. Muchos graduados descubren con amarga frustración que el mercado laboral no reconoce el valor que la universidad había atribuido a sus expedientes. La universidad no puede ser un centro de falsas promesas.

El informe señala también que numerosos profesores ya no pueden dar por supuesto que los estudiantes han leído los textos obligatorios antes de asistir a clase. La desaparición progresiva de ese hábito revela una pérdida de autoridad intelectual que la institución universitaria no puede permitirse. Es imposible para cualquier profesor impartir clases de calidad ante alumnos que no hacen sus trabajos académicos.

Esta situación genera una impotencia docente agotadora. La universidad conserva en apariencia sus exigencias, pero pierde progresivamente capacidad para imponerlas. Algo así se resume en el éxito de la siguiente fórmula: Pedagogía, 1 – Conocimientos, 0.

El problema de Harvard no se limita únicamente al absentismo o a la inflación de las notas, sino al progresivo descrédito de la institución universitaria. Cuando la universidad deja de formar para limitarse a acreditar, pierde su legitimidad humanística y científica. El conocimiento se sustituye por la titulitis; el estudio, por la acumulación de certificados; la formación laboral, por la producción masiva de expedientes sobresalientes.

La consecuencia final es profundamente corrosiva: las calificaciones no tienen valor y la universidad corre el riesgo de convertirse en una institución desacreditada precisamente porque acredita en exceso.

El informe de Harvard adquiere relevancia porque hace visible un problema general de las democracias occidentales del siglo XXI. La crisis no pertenece exclusivamente a una universidad en particular ni puede explicarse mediante causas locales o geográficas. Se trata de una transformación global vinculada a nuevas formas de vida, tecnologías y relaciones entre juventud, conocimiento y trabajo.

La cuestión decisiva ya no consiste únicamente en cómo mejorar la universidad, sino en determinar si la universidad occidental contemporánea conserva todavía una función histórica reconocible o si se encuentra inmersa en una crisis de impotencia cuyas dimensiones son mucho más profundas e irreversibles.

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