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Opinión | Dramatis Personae

Aviones

Aviones del ejército sobrevolando Samil.

Aviones del ejército sobrevolando Samil. / Marta G. Brea

Todavía hoy, 123 años después de que Orville Wright se sostuviese sobre las dunas de Kitty Hawk durante 12 segundos y 36 metros, el vuelo de un avión nos sigue resultando tan fascinante como turbador. Aunque ya hayamos orbitado alrededor de la luna y hollado su suelo polvoriento. Aunque hayamos roto varias veces la barrera del sonido y hayamos fabricado naves tan colosales como edificios. Aunque en los aeropuertos nos estabulen camino del trabajo y de las vacaciones. Aunque las estelas de sus turbinas craquelen los cielos. Incluso así, detallado en su ciencia y convertido en rutina, sentimos que ese prodigio violenta nuestra naturaleza y es acaso un frágil espejismo, que se desvanecerá si apartamos la mirada.

Volar nos atrae y nos repele, en fin. Deambulamos entre el anhelo de desencadenarnos de la tierra y la necesidad de tenerla bajo nuestros pies. Entre la libertad y el vértigo. De niño acudía algún que otro domingo a Peinador junto a mis padres, cuando alrededor todavía quedaban praderas sobre las que tumbarse, a asombrarme con cada despegue y cada aterrizaje. Después, de mayor, ya como pasajero, siempre me ha tranquilizado ese instante en que cesa la vibración del ascenso y el avión se sujeta al cielo con la firmeza del tren a su vía. Como un alma que olvida sus tribulaciones cuando atisba el paraíso.

Todos hemos corrido extendiendo los brazos, imitando el sonido del aire al rasgarse, o hemos surcado nuestros alrededores con un juguete sobre la mano. El avión ha sido, para esta generación y en este país, la aventura que se paladea y la ansiedad que quizá nunca se disipe. El lujo que se universaliza y el negocio que se persigue. Una promesa, tal vez un engorro o el hormigueo de las piernas en la clase turista. El accidente pavoroso pero improbable, en el peor de los casos, que por supuesto nunca nos afectará a nosotros.

El avión, como cualquier creación humana, ha servido igual para facilitar la vida que para sembrar la muerte. En otras geografías o en otras épocas el fuego ha llovido desde sus tripas. Sigue sucediendo hoy, aunque hayan cundido los drones que se manejan a distancia. He pensado en ello en una cómoda terraza de Samil, mientras me sobrevolaban los aviones del Ejército español. Me ha sobresaltado su sonido. He percibido su poder aletargado. Esa visión que en Ucrania, Gaza o el Líbano habría presagiado la destrucción de quien lo observaba.

No sé si Tsutomu Yamaguchi alcanzó a distinguir al Enola Gay entre las nubes de Hiroshima aquel 6 de agosto de 1945. Sí ha relatado la luz que lo cegó. Los físicos del Proyecto Manhattan habían domesticado el sol, que una vez derritiera las alas de Ícaro, para arrojarlo sobre los japoneses. Tsutomu, ingeniero de Mitsubishi, regresó a su hogar con los tímpanos rotos y quemaduras en el lado izquierdo del cuerpo. Tres días después, aquel resplandor volvió a repetirse en sus retinas. Ese otro avión se llamaba Bockscar. Tsutomu residía en Nagasaki.

Tsutomu Yamaguchi es un niju hibakusha, el único aceptado oficialmente como «doblemente bombardeado», aunque se sabe que hubo varias decenas más. Eludieron el registro por la vergüenza y el estigma. Los empleadores temían las bajas laborales que sus secuelas podían provocar. La maldición que había anidado en sus genes espantaba a las parejas. Sus cicatrices recordaban aquello que se prefería olvidar. Tsutomu, tras décadas de silencio, decidió dedicar los últimos años de su longeva existencia a clamar contra las armas nucleares. Sin poder evitar quizá un escalofrío con cada lejano avión en el horizonte o con el rumor distante de sus motores. Conociendo, mejor que nadie, esa meteorología cambiante y terrible que ha concebido el hombre.

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