Opinión | Salud&Placer

Psicóloga y sexóloga
Cuando el cuerpo sigue en peligro

@A2C_ILUSTRACIONS / /
Hace unas semanas escribía «la segunda herida», hablando de ese daño añadido que puede aparecer cuando una mujer, después de sufrir una agresión sexual, se encuentra con dudas, juicios, preguntas torpes o miradas que la colocan de nuevo bajo sospecha.
Hoy quiero hablar desde otro punto de vista. No tanto lo que ocurre fuera, sino lo que puede seguir ocurriendo dentro: en la mente, en el cuerpo y en esa alarma que se queda encendida y no somos capaces de apagar.
¿A qué nos suena el trastorno de estrés postraumático? Quizá a una guerra, a un accidente grave, a una catástrofe natural… Después de la dana de Valencia, muchas personas pudieron entenderlo mejor: no hace falta que el agua siga subiendo para que el cuerpo siga escuchándola.
Esa es una de las claves del trauma: el peligro puede haber pasado, pero el sistema nervioso no siempre lo registra al mismo tiempo.
Estoy investigando estos meses sobre el daño psíquico en mujeres víctimas de violencia sexual, y uno de los aspectos que más me interesa es este: cómo una agresión puede seguir presente no solo en el recuerdo, sino en el sueño, en la piel, en la alerta, en el deseo o en la forma de caminar por la calle.
El trastorno de estrés postraumático, conocido como TEPT, no es simplemente «estar mal» después de algo terrible. Tampoco es exagerar, ni ser débil, ni no querer pasar página. Es una respuesta psicológica compleja que puede aparecer después de vivir una situación de amenaza extrema, daño grave o violencia sexual.
A veces imaginamos el trauma como si fuera una película, una pesadilla, una imagen que vuelve, una persona que se derrumba. Todo eso puede pasar pero normalmente el trauma es más silencioso: insomnio, sobresaltos, irritabilidad, dificultad para concentrarse, rechazo al contacto físico, bloqueo emocional y esa sensación constante de alerta.
También puede aparecer como evitación. Evitar una calle, una ropa, una conversación, una canción, una noticia, una mirada o una hora del día. Me resulta imposible olvidar el caso de una chica que había sufrido una agresión sexual no muy lejos de mi casa, en una zona de fiesta, cerca de una orquesta. Tiempo después, cada vez que escuchaba bachata o canciones del estilo, el cuerpo se le disparaba: taquicardia, tensión, angustia, necesidad de salir de allí. La canción no era el peligro, claro, pero para su sistema nervioso se había convertido en una señal asociada al miedo.
Por eso, uno de los momentos más bonitos de su proceso fue poder escuchar juntas una bachata popular de verbena y verla sonreír. No porque todo estuviese olvidado, sino porque algo en su cuerpo empezaba a entender que ya no estaba allí.
En violencia sexual, esto tiene un impacto especialmente delicado. Porque el daño no afecta solo al recuerdo, sino también a la intimidad, al contacto, al deseo, a la confianza y a la relación con el propio cuerpo. A veces, la sexualidad queda apagada. A veces, aparece rechazo. A veces, hay ganas de recuperar, pero el cuerpo no acompaña.
Hablar de estrés postraumático no es poner una etiqueta más al sufrimiento. Es entender que algunas reacciones que parecen raras, contradictorias o exageradas pueden ser, en realidad, formas de supervivencia.
Porque, a veces, el cuerpo sigue en peligro mucho después de que el peligro haya terminado. Y ahí empieza también el trabajo de reparación.
Placeres, gracias por la lectura. Nos leemos y escuchamos en www.saludplacer.com.
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