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Opinión | Ni diestro ni siniestro

Jesús G. Maestro

Jesús G. Maestro

Catedrático de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada de la Universidad de Vigo

¿Por qué los universitarios no quieren ir a clase?

Alumnado en una universidad española.

Alumnado en una universidad española. / E.P.

¿Deserción en las aulas? ¿Por qué un universitario no quiere ir a clase, es decir, a la universidad que «libremente» ha elegido? Los sabios profesores no lo saben ni se lo explican, pero el estudiante, sí. Es el síndrome del aula desierta.

Sin embargo, este no es el único problema. Los estudiantes, además de no querer ir a clase, no votan en las elecciones universitarias. Y esto es algo mucho más revelador para nuestro presente y muy inquietante para la generación de sus padres y abuelos, convertidos hoy en espectadores de un mundo que, juvenil, se les va de las manos.

Apenas el 13 % de los universitarios vigueses fueron a votar el pasado 6 de mayo en las elecciones rectorales de la Universidad de Vigo. Dicho de otro modo, 7 de cada 10 alumnos —en lenguaje de sus padres— «pasaron» de votar. Muchos de ellos ni siquiera sabían que había elecciones.

Hechos así revelan el absoluto desinterés de los actuales universitarios por la democracia. A más de uno le hemos oído decir que «votar es obedecer». Si a esto añadimos el creciente absentismo discente, es decir, que los alumnos no van a clase, el futuro resulta incompatible con el pasado de la generación que diseñó la democracia. Y su universidad.

Estudiar en la universidad de espaldas a las aulas y a las urnas es algo que la generación de los búmeres no comprenderá nunca. Sin embargo, esta es la realidad del siglo XXI. Sus nietos no tienen interés por la democracia y no consideran útil asistir a clase. ¿Sorprendente? No.

La explicación es muy simple: los chavales nacidos desde los ultimísimos años del siglo pasado no ven hoy soluciones a sus problemas personales y profesionales ni en la democracia ni en la universidad. Si esto inquieta a los búmeres, pregúntense por qué. Pero pregúntense, sobre todo, qué es más sorprendente, ¿la perplejidad, o despiste, de sus padres y abuelos o las adversidades de un mundo que sus mayores han destruido para ellos?

Los búmeres diseñaron un régimen político y un sistema educativo, es decir, una democracia y una universidad, que, dos generaciones después, no convence a (casi) nadie.

El absentismo de los estudiantes universitarios no es la causa del problema, sino su consecuencia, porque el verdadero problema es la degradación institucional de la universidad contemporánea. Y esa degradación es obra de los búmeres. Los chavales ya encontraron la universidad hecha unos zorros.

El «alma mater», idealista y endogámica, ha dejado de exigir intelectualmente a los estudiantes casi todo, porque ha convertido la docencia en pedagogía y la ciencia en ideología, y cuando una institución deja de exigir conocimientos útiles, pierde autoridad y alumnado, que busca su seguridad vital y profesional en otros lugares e instituciones.

El alumno no asiste a clase porque sabe que, en muchos casos, puede titularse igualmente, ya que la ausencia no tiene consecuencias reales cuando el contenido de lo que se cuenta en el aula es totalmente prescindible. El éxito de la enseñanza universitaria ha sido siempre un autodidactismo encubierto.

La universidad de Bolonia ya no selecciona ni forma minorías intelectuales, sino que administra recursos humanos para ponerlos al servicio del mercado, no del Estado. La globalización exige trabajadores muy sumisos y consumidores poco o nada exigentes, todo ello muy alejado de los servicios públicos estatales.

Además, la transformación pedagógica de la docencia universitaria ha sido apocalíptica y destructiva. No se habla de saber, sino de saber enseñar, todo según «métodos didácticos», «dinámicas participativas», «emotividad educativa» y demás palabras inventadas para la ocasión, a fin de sazonar el «ecosistema universitario» con mil paparruchas a cual más sabrosa y vacua. Confieso que lo del «ecosistema» me llega al alma.

El secreto del éxito de quienes no dominan una materia que se ven obligados a explicar se basa en decir de quienes la dominan que no la saben enseñar. Así, el profesor deja de ser una autoridad científica para convertirse en una figura administrativa encargada de entretener al personal, facilitar los aprobados y obedecer a todo bicho viviente, sobre todo si no tiene razón, pero sí poder y consenso.

También observo, como consecuencia de todo esto, que muchos estudiantes no van a clase porque no reconocen en el profesor un conocimiento superior al suyo propio. En muchos casos, las clases son un recitado de apuntes, notas y «cosas» que están más claras y asequibles en internet, cuya oferta en la elaboración de apuntes y materiales docentes se ha sofisticado de manera superlativa en los últimos años.

Y añadiría algo más crudo: buena parte de la universidad actual teme más al suspenso que a la ignorancia, es decir, prefiere reducir el nivel académico antes que asumir conflictos derivados del fracaso estudiantil: suspensos, reclamaciones y abandono. La universidad teme sobre todo, por razones estadísticas, el fracaso del estudiante, y no quiere verse públicamente con las vergüenzas al aire, es decir, con una tasa de desertores superior al número de graduados.

El falso aprobado es un modo de invisibilizar la frustración académica, que delata la impotencia de una universidad más atenta al idealismo democrático que a la realidad de los servicios públicos, es decir, a las necesidades verdaderas de la política, el mercado y el patrimonio cultural de un Estado.

En definitiva, mi respuesta y conclusión ante la pregunta que da título a este artículo no es psicológica ni generacional («los jóvenes no quieren esforzarse»), sino institucional: la universidad pierde interés y asistencia porque ha renunciado a exigir y a ofrecer conocimientos útiles, ha menospreciado la autoridad académica y ha reemplazado la ciencia por la ideología. Y para satisfacer a las ideologías de la gente, sobran instituciones.

¿Deserción en las aulas? La solución es muy clara y está en tus manos: da conocimientos útiles a tus estudiantes y no tendrás sitio en el aula para ellos.

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