Opinión | Anomalías

Escritor y fotógrafo
Cariño, para algunas parir es pecado

El reactor IV de Chernóbil, pocos meses después de la catástrofe. / V. Berezovsky
Los animales lo supieron antes que los hombres. Las abejas dejaron de volar, los topos fueron expulsados de la tierra y yacían muertos en la superficie. Los escarabajos desaparecieron y las lombrices, a un metro bajo tierra, eran inalcanzables para los pescadores que buscaban cebo.
Las instrucciones decían que había que abrir las fosas tras realizar un estudio geológico. Era necesario conocer el terreno y calcular la profundidad para evitar excavar hasta las aguas subterráneas. Esas eran las instrucciones, la realidad era otra. Llegaban las excavadoras y alguien decía: «Aquí», y comenzaban a escarbar. «¿A qué profundidad?», preguntaban. «Tú excava hasta que salga el agua».
Les obligaban a enterrar la comida: los huevos, las patatas, la leche. La gente no entendía por qué debían abandonar sus casas y dejar de cultivar sus campos. No entendían por qué los soldados cortaban la tierra en tiras y la enrollaban como una alfombra. Luego la enterraban junto con las casas, los árboles y los animales que mataban.
Los cazadores llegaban a los pueblos y actuaban como en la guerra, como en una operación militar. Rodeaban el pueblo y llamaban a los perros, que aún respondían a la voz humana y se acercaban buscando caricias.
Los mataban a bocajarro.
Luego se llevaban los cadáveres en una tanqueta y los enterraban en una fosa.
Cuando ya no quedaba nada que enterrar, cercaban la aldea con alambre de espino y dejaban allí la maquinaria: los camiones, las grúas, todo, porque el metal había absorbido la radiación.
El pasado 26 de abril se cumplieron cuarenta años de la tragedia que Svetlana Alexiévich recoge en su libro, Voces de Chernóbil, relatos en primera persona de quienes vivieron la catástrofe de la central nuclear en 1986.

Portada del libro «Voces de Chernóbil» de / Svetlana Alexiévich
Nadie sabía qué ocurría, cuál era el peligro. Los niños se acercaban lo más posible con sus bicicletas, para ver más de cerca. Algunas personas que vivían en las proximidades volvían completamente negras.
Nadie lo entendía. En Chernóbil no caían las bombas. Los animales seguían pastando en los campos, bebiendo en los ríos. Los árboles estaban repletos de fruta. Las cosechas prosperaban. Entonces, ¿qué estaba ocurriendo?
Al principio, todo era desconcierto e ignorancia.
El miedo llegó después.
Pero a pesar del miedo muchos decidieron quedarse. Siguieron cultivando su tierra, comiendo su comida y bebiendo su agua. Pertenecían a ese lugar. Era lo que conocían y donde siempre habían vivido. No se asustaban los unos de los otros. Compartían la misma suerte. Fuera de allí eran unos apestados, como los supervivientes de los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki, los hibakusha, que solo podían casarse entre ellos.
Una chica de Chernóbil cuenta que cuando su novio le presentó a su madre y esta supo de dónde venía, le dijo: «cariño, para algunas parir es pecado».
Poco a poco llegaron los periodistas. Les hacían preguntas. Los cámaras grababan imágenes que ellos nunca verían porque no tenían televisores ni electricidad.
Me sobrecoge el testimonio de uno de esos reporteros. Atraviesa la aldea. Observa las casas, los animales, los campos y los huertos. Habla con la gente, hace entrevistas. Una de las familias le invita a entrar en su casa. Son amables con él. Le ofrecen agua y comida. Un bocadillo. Sabe que está contaminado. También que no está en condiciones de cambiar nada en la vida de esa familia. Lo único que puede hacer es comerse su comida envenenada, para al menos no sentir vergüenza.
Me pregunto qué habría hecho yo.
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