Opinión | Dramatis Personae
¿Klaatu barada nikto?

Fotograma de Ultimátum a la Tierra
Los extraterrestres existen. Lo hemos sabido desde que nos pusimos a catalogar galaxias, perdiendo la cuenta. Hay que ser muy pretencioso para sostener que este miserable planeta justifica el inabarcable universo y que sólo aquí se produjo esa reacción electroquímica que hemos denominado vida. Puede que ya nosotros procedamos de una espora emigrante, su meteorito por patera. La explosión misma que lo generó todo se rastrea en la materia que nos compone. También, a nuestro modo, hemos recorrido la noche. «Somos polvo de estrellas reflexionando sobre estrellas», resumía Carl Sagan.
Haberlos, haylos, ya digo. Ignoro si esas otras civilizaciones habrán evolucionado tanto como para visitarnos, venciendo su caducidad y al espacio infinito. No lo aclaran las fotografías borrosas y los datos inciertos que el Pentágono ha publicado. Nos han señalado el cielo para distraernos durante un rato de los genocidios que consentimos y de los estupros que condonamos a ras de suelo. «Klaatu barada nikto», nos avisa o aconseja el humanoide de Ultimátum a la Tierra y se le ha de pronunciar a su robot, Gort, para evitar que nos destruya. Nunca se ha aclarado qué dice, pero tiene razón.
Al extraterrestre siempre lo hemos empleado en nuestras ficciones, lo más real que poseemos, según nos conviniese o se respirase en cada generación. Y así, la metáfora anticomunista de Los ladrones de cuerpos de 1956, con sus vainas de mente colmena, se convertía en la crítica a una sociedad paranoica y desideologizada en La invasión de los ultracuerpos de 1978. La amenaza era similar y se ejecutaba al dormirnos. Éramos nosotros los que habíamos cambiado al despertar.
La ductilidad de esta figura se calibra bien en Steven Spielberg, que nos ha acompañado a tantos desde la infancia. Él siempre ha sabido detectar qué reclamaba su audiencia en cada momento. De los extraterrestres cientificistas de la setentera Encuentros en la tercera fase pasó al adorable E.T., de emotividad ochentera. Dos décadas después, derruidas las torres gemelas, eligió adaptar La guerra de los mundos. En el entretenimiento se perciben las tribulaciones de una era con mayor elocuencia que en el más sesudo ensayo. Spielberg estrenará en breve El día de la revelación. Revelará sin duda cómo nos sentimos.
El extraterrestre, en suma, es el otro (El E.T.E y el Oto, advertían los Calatrava) y aquello en que queramos convertirlo. El colonizador que nos esclaviza y el misionero que nos cura. La plaga que nos diezma y el aliado que nos salva. El ente que nos controla o nos sublima. El visitante al que expulsar o con el que mestizarnos. Más que su intención, importa la nuestra. No se han liberado inocentemente esos documentos sobre ovnis ni se interpretarán igual.
En el extraterrestre, hoy, se encarnan los temores que nos inculcan para gobernarnos: es el extranjero que nos roba el trabajo, el desaprensivo que nos ocupa el piso si bajamos a la compra, el musulmán que nos odia por cristianos, las feminazis que nos emasculan, los legisladores que nos eutanasian... El miedo, que nos ha permitido sobrevivir como especie, también nos condena. Quizá la extinción sea lo único que merezcamos. ¿Klaatu barada nikto? Gort sigue aguardando instrucciones.
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