Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión

Daniel Novoa

Daniel Novoa

Psicólogo

La depresión que no llora

Un hombre, con signos de depresión.

Un hombre, con signos de depresión. / Europa Press

Si te pido que pienses en una persona deprimida, lo más probable es que te venga a la cabeza alguien triste, llorando, sin ganas de levantarse de la cama. Bien. Ahora dime cuándo fue la última vez que un hombre que conoces te dijo, mirándote a la cara, que estaba deprimido. Ahí lo dejo.

Los hombres se suicidan entre tres y cuatro veces más que las mujeres en casi toda Europa, y son diagnosticados de depresión la mitad de veces. Algo no cuadra. O atraviesan crisis vitales graves estando estupendamente –cosa que no tiene sentido– o llevamos décadas buscando la depresión en el cajón equivocado.

La hipótesis con la que trabaja parte de la investigación es tan interesante como razonable: en muchos hombres, la depresión no se llama depresión. Se llama estar de mala leche todo el día, beber más de la cuenta, conducir como un loco, vivir en el trabajo o estar emocionalmente ausente, pero de cuerpo presente. Mismo dolor, otro disfraz. Y con ese disfraz puesto, el manual diagnóstico clásico no tiene buen ojo.

¿Y el entorno? Tampoco. Si una mujer cercana llora más de lo normal y dice que no puede con la vida, casi cualquiera lo pilla. Si un hombre cercano lleva meses más borde, bebiendo más y desconectado, lo que muchas veces decimos es que está estresado, que tiene una mala racha, o directamente que últimamente es insoportable. La depresión, en ese formato, no se lee como depresión, se lee como mal carácter.

Aquí entra el factor cultural, que tampoco ayuda. A muchos hombres se les ha enseñado que la vulnerabilidad es algo que hay que esconder. No con una clase magistral, sino sufriéndolo de fondo durante treinta o cuarenta años. Eso tiene una consecuencia práctica: cuando algo va mal por dentro, no hay vocabulario para identificarlo, así que el malestar busca una salida más permitida. El alcohol está permitido, la rabia está permitida, trabajar catorce horas está aplaudido. Llorar y pedir ayuda, no tanto. Y así nos va.

Antes de que alguien titule «los hombres se deprimen de manera diferente a las mujeres», paremos. Los datos no dicen exactamente eso. Dicen que algunos síntomas –la ira, el alcohol, las conductas de riesgo– aparecen con más frecuencia en hombres deprimidos, pero también aparecen en mujeres deprimidas. Y muchísimos hombres deprimidos sí lloran, sí rumian, sí se sienten culpables. La diferencia es de frecuencia, no de especie. No son dos planetas, es un solapamiento amplio con el centro de gravedad un poco desplazado. Quien te venda dos cuadros distintos te está vendiendo una etiqueta cómoda, y las etiquetas cómodas en psicología casi siempre se rompen al primer caso real.

Importa este matiz, y mucho. Porque si compras la versión simplificada vas a invalidar al hombre que llega llorando a consulta –«esto no es de hombres deprimidos»– y a la mujer que llega rompiendo cosas. Y así es peor remedio que la enfermedad.

¿Qué hacer con todo esto? Si te reconoces en el patrón, no en un rasgo aislado sino en un cambio sostenido durante semanas o meses, consultar no es rendirse ni es debilidad, es lo contrario. Cuando la fuga lleva tiempo y tú solo no la encuentras, llamar a alguien que sepa es lo más sensato. Si lo ves en alguien cercano, una pregunta directa, sin sermón ni dramatismo –«te noto distinto, ¿cómo estás?»– abre más puertas de las que parece.

Y si llevas años pensando que pedir ayuda es de débiles, plantéatelo así: lo realmente cobarde es dejarse intoxicar por algo que tiene tratamiento por no querer pronunciar la palabra. Como dicen por aquí, nunca choveu que non escampara. Pero alguna vez conviene salir a buscar el paraguas antes de que el chaparrón te deje para el arrastre más de lo estrictamente necesario.

Suscríbete para seguir leyendo

Tracking Pixel Contents