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Opinión | Experta en liderazgo en longevidad y escritora

Carmen Álvarez Basso

Carmen Álvarez Basso

Experta en liderazgo, en longevidad y escritora

El cuidado: el gran descuidado

Una cuidadora abraza a su madre enferma

Una cuidadora abraza a su madre enferma / Marta G. Brea

Estas semanas, varias amigas me han contado historias durísimas sobre el cuidado de familiares mayores. Historias de amor, sí... pero también de agotamiento, miedo, confusión y soledad.

Historias que mezclan amor y responsabilidad, pero también de desconocimiento que lleva a situaciones de crisis y de "mal cuidado" sin intención. Y me sorprende lo poco que sabemos –y lo poco que planificamos– para algo que tarde o temprano nos tocará a todos. Porque cuidar forma parte de la vida, pero seguimos llegando a esta etapa vital, sin preparación, sin información y sin analizar los sistemas que nos acompañan.

Vivimos más años, con familias más pequeñas y más dispersas, con necesidad de cuidados que ahora se extienden durante décadas. Pero no hemos actualizado la manera de cuidar ni de organizarnos en las familias ni en la sociedad. Seguimos tratando el cuidado como algo "privado", casi improvisado, y lo normalizamos hasta extremos sin sentido. Sin darnos cuenta de que ese "cuidado" implica un descuido que tiene consecuencias personales, familiares y nacionales.

Porque el amor no basta. El cuidado requiere preparación, apoyo y un sistema que acompañe. Muchas veces, las señales de deterioro cognitivo o físico se confunden con "cosas normales de la edad". Y así, situaciones que podrían haberse manejado con antelación terminan convirtiéndose en crisis: médicas, emocionales, financieras y, también, familiares.

Lo veo una y otra vez:

"No puedo hablarte ahora, porque si él me escucha me tira una silla"

"Mi tía de 95 años ha roto la cocina con un martillo esta noche, pero no quiere ir al médico, ni bañarse, ni vivir en una residencia"

"Mi madre firmó un documento de cesión de su propiedad a favor de una empresa que le entregará un piso en 4 años".

Señales de deterioro cognitivo y físico paulatino que normalizamos. Crisis que podrían haberse evitado. Familias que se fracturan por falta de información. Mujeres que renuncian a su salud, su carrera o su estabilidad económica para cuidar a todos. Ancianos aislados, sin red familiar ni recursos que ingresan por vía de urgencia en centros de mayores.

Son relatos que deberían encender todas las alarmas y, sin embargo, todavía no sabemos identificar estas señales, ni pedir ayuda ni organizar los apoyos necesarios.

El resultado es que el cuidado suele recaer –de manera desproporcionada– en las mujeres de la familia. Mujeres que cuidan a hijos, padres, parejas, hermanos... y que pagan un precio altísimo: agotamiento físico y emocional, estrés crónico, interrupciones profesionales, pérdida de ingresos, endeudamiento, un futuro económico incierto y una salud más frágil. Todo en silencio, como si fuese "lo que toca".

Pero no podemos seguir improvisando. La nueva longevidad exige un cambio profundo en cómo entendemos y gestionamos el cuidado en la última etapa de nuestras vidas. Exige otra mirada: más pública, más profesionalizada, más justa.

Necesitamos alfabetización en longevidad, orientación temprana, sistemas preventivos en casa, apoyos económicos reales y servicios municipales accesibles y universales.

El amor es fundamental, pero no es suficiente. El cuidado no puede ser un asunto estrictamente privado. Afecta a las familias, a las carreras, a los empleadores, a la economía, a la igualdad de género, a la sostenibilidad del mercado laboral y al bienestar colectivo.

Tarde o temprano, todos seremos cuidadores o necesitaremos cuidados. Es nuestra responsabilidad pensar, cuando todavía somos autónomos y funcionales, cómo queremos que nos cuiden, dónde, quién se hará cargo de nuestros asuntos cuando ya no podamos, con qué recursos y con qué apoyo se contamos. Y que la sociedad empiece a valorar la importancia de los cuidados y de cuidar a los cuidadores.

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