Opinión | Cuaderno de bitácora

Escritora
La belleza

Nubes en un reciente día de tormenta, sobre Teis, en Vigo. / Marta G. Brea
Sucedió hace apenas una semana. Me encontraba en Buenos Aires y manejaba cierta nostalgia de mi propia cama, mi sofá, mi escritorio y mis afectos. Decidí echar un vistazo a las noticias locales de mi ciudad, y me pareció casi cómico que un titular se ocupase de la belleza y rotundidad de la forma de las nubes sobre Galicia. Como si hubiese tiempo para detenerse a mirar el cielo alguna vez, como si los dibujos de esos algodones blancos y vaporosos en el aire fuesen a cambiar el devenir del mundo. Y, sin embargo, en esa red de imprevisible perfección natural es donde parece que nos reconciliamos con nuestro propio latido, con el sorprendente milagro de estar aquí.
La noticia de las nubes me pareció una suerte de tregua. Como si en twitter (ya sé, ahora se llama X) e Instagram la gente dejase de ejercer su derecho de oposición en todo, como si las infatigables guerras no existiesen y como si el caos líquido a nuestro alrededor no estuviese a punto de rebosar la taza de nuestra paciencia. El mundo en continuo desmoronamiento y nos plantan un titular sobre las nubes y el paisaje.
¿Quién habría podido detenerse, en medio de todo este caos, a observar la belleza? Quién sabe. Un becario, la IA o un periodista con el día intenso (o carente de noticias), se había fijado en el encanto del cielo. Para mí, mala suerte. Un espectáculo semejante, gratis, y yo en Argentina. Me asomé a la ventana de mi hotel, y el cielo azul solo me aseguraba que el paraguas podía quedarse en mi habitación. Ningún milagro de la naturaleza había dibujado un mensaje en la pizarra azul celeste aquella mañana. No es que Argentina no disponga de paisajes cargados de belleza, pero no encontré nada especial en lo que fijarme desde aquel punto de la ciudad. Cuando –tiempo después– me dirigí al aeropuerto de Newbery, el Río de la Plata me acompañaba al margen de la carretera y sus hechuras se oponían a su nombre. De lo ancho que era, parecía un mar y no un río. De su tono terroso y turbio podrían imaginarse mil revoluciones de barro en sus entrañas, pero no el brillo de la plata. Y, sin embargo, la fuerza del agua también tenía algo de hipnótico. ¿Qué será lo que nos genera un estupor semejante, una mirada perdida en los espectáculos tranquilos y serenos del mundo? ¿Será que la Naturaleza nos pone en nuestro sitio, en la insignificancia? Quizás, simplemente, no haya como detenerse a mirar sin sostener en el ánimo el prejuicio o la inquina. ¿Qué será lo que tiene la belleza, que nos hace sentir en casa?
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