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Opinión | Salud&Placer

Emma Placer

Emma Placer

Psicóloga y sexóloga

10 años y medio

10 años y medio | //@A2C_ILUSTRACIONS

10 años y medio | //@A2C_ILUSTRACIONS

Me llevo con mi pareja diez años y medio, el mismo tiempo que llevamos juntos. Y además soy yo la mayor. Lo digo ahora con total naturalidad, pero al principio esa diferencia me tenía preocupada, no de una forma dramática, ni como un problema real, pero sí como una pequeña duda inicial. Una de esas preguntas que aparecen al principio de una relación: ¿se notará?, ¿estaremos en el mismo momento vital?, ¿lo viviremos igual?, ¿qué pensará la gente?, ¿me pesará a mí más por ser la mujer mayor?

Porque no nos engañemos: la diferencia de edad no se interpreta igual según quién sea mayor. Cuando el hombre es bastante mayor, socialmente ha estado mucho más normalizado. Incluso se ha vendido durante años como algo atractivo, esperable o casi natural. El hombre maduro con una mujer más joven no suele generar la misma conversación que una mujer con una pareja más joven. Ahí aparecen antes los comentarios, las bromas, las dudas o esa mirada social que parece decir: «ya veremos dentro de unos años».

Y eso también forma parte de la experiencia. No solo está la diferencia real de edad, sino lo que la sociedad coloca encima de esa diferencia.

Hace poco escuché a Laura Escanes hablar sobre su relación con Risto Mejide, con quien se llevaba veinte años, y decía que ahora lo veía de otra manera. Que con el tiempo había cambiado su percepción y que ahora podía entender esa relación como más desigual de lo que quizá percibía entonces. Me pareció interesante porque abre una pregunta importante: ¿cuándo una diferencia de edad es simplemente una diferencia y cuándo empieza a convertirse en una diferencia de poder?

Porque no todas las diferencias de edad significan lo mismo. No es igual tener 35 y 45 que tener 19 y 39. No es lo mismo que ambas personas tengan independencia económica, experiencia, criterio propio y libertad para decidir, que una relación donde una parte tiene mucho más poder, más reconocimiento, más dinero, más mundo o más capacidad para marcar el ritmo.

La clave, al menos para mí, está en mirar la simetría. ¿Las dos personas pueden decidir libremente? ¿Hay admiración mutua o una idealiza a la otra? ¿Hay deseo o necesidad de aprobación? ¿Hay conversación real? ¿Hay respeto por los tiempos de cada cual? ¿Hay una relación adulta o una persona ocupa el lugar de guía, autoridad o salvadora?

En mi caso, aquella duda inicial se fue diluyendo pronto. No porque la diferencia de edad desaparezca, obviamente, sino porque dejó de ocupar sitio en mi mente. La vida cotidiana, la complicidad, las conversaciones, la risa, el cuidado y el proyecto común fueron colocando la cifra en su lugar. Y ese lugar, sinceramente, acabó siendo muy pequeño.

Creo que en una relación sana la edad no se borra, pero se integra. Está ahí, como están las diferencias de carácter, de historia, de familia, de energía o de forma de ver la vida. Pero no manda. No organiza la relación. No define quién tiene poder, quién sabe más o quién vale más.

Quizá la pregunta no sea cuántos años os lleváis, sino cómo os tratáis. Si hay libertad, respeto, deseo, ternura y equilibrio, la edad puede convertirse simplemente en un dato. Uno más. Y entonces pasa algo muy curioso: lo que al principio parecía una cifra importante, un día, literalmente, se te olvida.

Gracias por la lectura placeres, nos leemos y escuchamos en www.saludplacer.com.

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