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Opinión | Quod bonum tenete…!

Monseñor Alberto Cuevas

Monseñor Alberto Cuevas

Sacerdote y periodista

El arte del buen leer

Una mujer disfruta de la lectura en un parque

Una mujer disfruta de la lectura en un parque / Eduardo Parra

Hace un ratito me puse a pensar sobre el pensar y aguanté muy poquito en esa apnea mental: me pareció que estaba haciendo epistemología y eso me resultó tan abstracto, pedante y aburrido que lo dejé. Y me dije a mí mismo: mejor dedica tu tiempo a discurrir. Y eso hice. Y me puse a darle vueltas en mi cabeza –¿eso era pensar o discurrir?–, a lo importante que es saber leer y elegir qué asuntos leer y consiguientemente también, el dar con quienes sepan escribir bien y sobre qué asuntos.

La experiencia cotidiana patrocina y confirma cuanto acabo de decir. Porque cuando te encuentras con un cartel de «atención, peligro, caution, alarma, no tocar» o incluso el papelito de un aviso casero con el amable «ojo mucho cuidadito aquí», respiras aliviado por no haber tocado nada y estar a salvo gracias al cartelito que sí has leído. Pero aún por encima de esas alegres simplezas de los escritos salvavidas en la vida diaria, puede haber otras ocasiones en las que saber leer e interpretar correctamente lo leído nos resultó tremendamente gratificante. O quizás no. Me viene a la memoria como ejemplo una anécdota –la verdad no recuerdo si real o pedagógicamente inventada para prevenir casos semejantes–, de aquellos arqueólogos inmersos en una excavación en las oscuras escaleras de los cimientos de cualquier catedral, que se encontraron gozosos con la inscripción: «POR AQUÍ ABAJO SE LIM», y que les dejó instantáneamente a la deriva en la ignorancia de la identidad del tal Selim. Un muro reciente de ladrillos había cerrado todo acceso al más allá. Selim, lo enterarían después y –¡qué importante fue saber leer en donde poder investigarlo!–, había sido un famoso sultán del Imperio otomano (1524), conocido como Selim el Rubio, Selim el Borracho o Selim el Poeta. Consultaron a expertos, leyeron y quedó claro que el tal Selim no podía haber «abajado» por allí. Incluso pasados unos meses y con los pertinentes permisos, al retirar los ladrillos, se pudo profundizar con mayor detalle más abajo y quedó al descubierto el resto de la inscripción que ellos ni habían echado en falta: «PIABAN LAS ALCANTARILLAS DE LA CIUDAD». Ya los clásicos advirtieron de que «qui bene legit multa mala tegit», que en este y otros casos debería traducirse por «quien lee bien corrige muchos errores».

Bueno, pues discurriendo sobre la importancia y el goce de leer y espigar lecturas, pasé analizando el disfrute de los escritores-autores y el cómo y de qué o por qué cada cual escribió; y los temas y diálogos de sus escritos, junto con sus obsesiones recurrentes, su ortografía y sintaxis o contra ellas. Y así pasé por el recuerdo de J. Joyce (1882-1941) y de algunos que le imitaron escribiendo tal y como les salía del cariñosamente calificado flujo de la conciencia. Pero frené mi recorrido en la pendiente al encontrarme al modernista Georges Perec (1936-1982) que, muy masoquista él, presumía de que disfrutaba poniéndose trabas: «me impongo reglas para ser totalmente libre». Y entonces ya, hastiado, me sentí yo tan dentro de una incómoda armadura que me dije: ¡efectivamente qué liberador es escribir o gozar de una buena lectura, aunque siempre quedemos a merced de la genialidad o torpeza de quien ahora leo gustoso o abandonaré desalentado! Concluí invitándome a seleccionar las lecturas cual frutas o vitaminas: para refrescar, vivir mejor, sentirme liberado, imaginar otros mundos, disfrutar, aprender, gozar… Pues de no servir para eso habría que reducir la lectura a carteles tan molestos aunque salvadores, como «OJO, NO TOCAR AQUÍ».

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