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Opinión | Salud&Placer

Emma Placer

Emma Placer

Psicóloga y sexóloga

La segunda herida

@A2C_ILUSTRACIONS

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Cuando una mujer sufre una agresión sexual, muchas personas tienden a pensar en el momento del delito como si todo el daño estuviese concentrado ahí. Como si la agresión empezase y terminase en ese instante. Pero no. En realidad, para muchas víctimas, el sufrimiento no acaba ese día. A veces, ni siquiera ahí empieza del todo la parte más dura.

Una agresión sexual, sea del tipo que sea, no deja solo una huella física. Deja miedo, confusión, rabia, vergüenza, culpa injusta, sensación de irrealidad, dificultad para dormir, para confiar, para salir sola, para volver a sentirse bien con su propio cuerpo. Y cada mujer lo vive de una manera distinta. No hay una única forma correcta de reaccionar. Algunas lloran. Otras se bloquean. Otras aparentan normalidad. Otras tardan semanas o meses en poder ponerle palabras a lo ocurrido.

Estos meses estoy indagando en la psicología forense y me he parado con un término que me ha llamado la atención: la victimología, que es la disciplina que estudia a las víctimas y los procesos de victimización. Sabemos que existe una primera herida, la más evidente, que es la causada directamente por el delito: es el daño inmediato y profundo de la agresión. Pero, desgraciadamente, hay más.

Lo llamamos victimización secundaria, que aparece cuando la mujer, además de cargar con lo vivido, tiene que enfrentarse a un entorno que no siempre sabe acompañar. Preguntas desafortunadas. Dudas sobre su relato. Comentarios que insinúan responsabilidad. Frases como «¿pero por qué fuiste?», «¿habías bebido?», «¿estás segura de que fue así?». A veces duele casi tanto eso como el propio silencio posterior.

Tampoco ayuda un sistema que, en ocasiones, obliga a repetir una y otra vez lo ocurrido, reviviéndolo en comisarías, juzgados o peritajes, sin la sensibilidad suficiente. Ni ayuda el tratamiento morboso que algunos medios siguen haciendo de ciertos casos, convirtiendo el sufrimiento ajeno en espectáculo. Una víctima no necesita ser examinada como si estuviese bajo sospecha. Necesita protección, escucha y respeto.

Y luego hay otra parte aún menos visible: el riesgo de que toda su identidad quede atrapada en lo que le pasó. Que deje de sentirse persona para sentirse solo víctima. Que todo en su vida quede reorganizado alrededor del daño. Eso también puede ocurrir y también necesita atención.

Hablar de victimización no es hablar de fragilidad femenina ni de debilidad. Es hablar de cómo un trauma impacta en una persona y de cómo la sociedad puede aliviar ese daño o aumentarlo. Porque el problema no es solo el agresor. También lo es una cultura que sigue poniendo el foco donde no toca. Que analiza la conducta de la mujer víctima con lupa y a veces apenas se detiene en la del agresor.

Conviene recordar algo básico que por repetido no deja de ser fundamental: que existan factores de riesgo no significa jamás que exista culpa. Nunca. Que una mujer estuviese sola, saliese de noche, confiase en alguien, bebiese alcohol o tardase en denunciar no explica ni justifica una violación. La única causa de una agresión sexual es quien agrede. El único culpable de una agresión es el agresor.

Necesitamos una mirada más limpia, más seria y más humana. Una que entienda que acompañar bien a una víctima no es interrogarla como si tuviese que demostrar que sufrió. Es no rematarla con palabras torpes. Es no exigirle una reacción perfecta. Es no usar su historia para hacer ruido. Y es recordar que recuperarse no consiste en olvidar, sino en poder volver a vivir sin que el dolor lo ocupe todo.

Placeres, gracias por la lectura. Nos leemos y escuchamos en www.saludplacer.com.

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