Opinión | El mundo 4.0
Agentes de la IA, la fuerza laboral invisible que transformará el mundo

La IA no sustituye personas, sino tareas. / FDV
Lía es una empleada muy metódica cuyo trabajo es leer el BOE, los Boletines autonómicos, las webs de organismos reguladores como Hacienda y la CNMV, además de múltiples fuentes legales y publicaciones de la Administración, para detectar y analizar nuevas leyes, cambios en normativas existentes u obligaciones nuevas o modificadas, y poder avisar a su empresa de cualquier cambio importante. La legislación es muy densa, pero Lía sabe mejor que nadie cómo simplificarla: resume el cambio en lenguaje claro y explica qué ha cambiado, a quién afecta, qué debería hacer la empresa y en qué plazo. Lanza informe diarios por email y Teams, y guarda fielmente un amplio histórico. Lo mejor de todo es que Lía lo hace en solo diez minutos, todos los días del año y sin cansarse. Pero Lía no es una persona normal, es una «trabajadora digital».
La inteligencia artificial ha dejado de ser una promesa futurista y una disciplina académica para convertirse en una infraestructura básica de nuestras empresas y una herramienta cotidiana de nuestra sociedad. Sin embargo, dentro de este vasto ecosistema tecnológico, una evolución particular está marcando un antes y un después: los agentes de inteligencia artificial. Estos sistemas, capaces de actuar de manera autónoma para cumplir objetivos complejos, van a redefinir la forma en que las personas trabajan, y las empresas toman decisiones.
A diferencia de los modelos tradicionales de IA, que responden a instrucciones puntuales, los agentes de IA pueden planificar, ejecutar tareas encadenadas, adaptarse a cambios y aprender de la experiencia. En otras palabras, no solo responden: actúan, y lo hacen con autonomía. Se trata de un cambio significativo, de asistentes a colaboradores, y este cambio de paradigma está impulsando una revolución silenciosa, pero profunda, en múltiples sectores. Mientras que un chatbot tradicional responde a preguntas, un agente puede realizar labores repetitivas que antes requerían intervención humana constante. En el ámbito del marketing, un agente de IA puede analizar datos de clientes, diseñar campañas personalizadas, programar publicaciones y evaluar resultados en tiempo real. En el sector financiero, puede monitorear mercados, detectar patrones y sugerir estrategias de inversión. En el desarrollo de software, herramientas como GitHub Copilot están evolucionando hacia sistemas capaces no solo de sugerir líneas de código, sino de gestionar proyectos completos: escribir, probar, corregir y desplegar. En logística, gigantes como Amazon emplean agentes para optimizar rutas, gestionar inventarios y prever demandas, con una precisión cada vez mayor.
La irrupción de los agentes de IA plantea inevitablemente preguntas sobre el futuro del trabajo. ¿Sustituirán a los humanos? ¿O actuarán como herramientas complementarias?
La respuesta, como suele ser habitual cuando hablamos de innovación tecnológica avanzada, es compleja. Por un lado, es evidente que ciertas tareas serán automatizadas, especialmente aquellas basadas en reglas claras y repetitivas. Por otro, también se están creando nuevas oportunidades laborales relacionadas con el diseño, supervisión y entrenamiento de estos sistemas. Más que una sustitución total, muchos expertos hablan de una transformación del empleo. Los trabajadores deberán adaptarse, desarrollando habilidades que les permitan colaborar con estos agentes. La creatividad, el pensamiento crítico y la inteligencia emocional serán cada vez más valiosos en un entorno donde las máquinas asumen funciones operativas. El papel del ser humano no desaparece, pero sí cambia: más que ejecutores de tareas, las personas nos convertiremos en supervisores, estrategas y creadores. A nivel de arquitectura técnica, en términos generales, un agente de IA se construye sobre modelos de lenguaje avanzados, como los desarrollados por OpenAI o Google DeepMind, combinados con sistemas de planificación, memoria y acceso a herramientas externas, como APIs, navegadores web, bases de datos o software empresarial.
A pesar de su potencial, los agentes de IA también presentan riesgos significativos. Uno de los principales es la pérdida de control. Al operar de manera autónoma, existe la posibilidad de que tomen decisiones inesperadas o no deseadas, especialmente si los objetivos no están bien definidos. Otro desafío es la transparencia. Muchos sistemas de IA funcionan como «cajas negras», lo que dificulta entender cómo llegan a ciertas conclusiones. Esto puede ser problemático en sectores sensibles como la salud o la justicia, donde la trazabilidad del razonamiento es crucial. Además, está el riesgo de sesgos. Si los agentes se entrenan con datos incompletos o discriminatorios, pueden reproducir, e incluso amplificar, esas desigualdades. Por ello, la ética en el desarrollo de IA se ha convertido en un tema central.
Ante estos desafíos, algunos gobiernos están comenzando a desarrollar marcos regulatorios y organismos de supervisión, como es el caso de la AESIA (Agencia Española de Supervisión de la Inteligencia Artificial), una entidad pionera en Europa y con sede en A Coruña. Sin embargo, la velocidad del avance tecnológico supera con frecuencia la capacidad de respuesta institucional. El objetivo de estas regulaciones es encontrar un equilibrio: fomentar la innovación sin comprometer la seguridad ni los derechos de las personas. Esto incluye establecer estándares de transparencia, mecanismos de supervisión y responsabilidades claras en caso de fallos. También se debate la necesidad de etiquetar las acciones realizadas por agentes de IA, de modo que los usuarios sepan cuándo están interactuando con una máquina y no con un ser humano.
Y en todo este fascinante proceso, cabe destacar que la educación jugará un papel clave y fundamental. Preparar a las nuevas generaciones para convivir con sistemas inteligentes será esencial para garantizar una transición equilibrada, porque, a diferencia de otras innovaciones tecnológicas, la expansión de los agentes de IA no siempre es visible. No hay grandes máquinas ni cambios físicos evidentes. Operan en segundo plano, optimizando, analizando y ejecutando. Pero esta «revolución silenciosa» tiene el potencial de transformar radicalmente la economía global y cambiar la forma en que entendemos el trabajo. A mi juicio, para la mayor parte de las empresas, y para la sociedad en general, los agentes de IA no van a impulsar una época de cambio, sino más bien un cambio de época.
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