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Opinión | Dramatis Personae

Ojos verdes

Una experta de Sotheby's muestra ojos postizos del siglo XIX antes de su subasta.

Una experta de Sotheby's muestra ojos postizos del siglo XIX antes de su subasta. / FDV

Tengo los ojos verdes. Lo descubrió mi hija pequeña, no hace demasiado tiempo. «Papá tiene los ojos verdes». Lo proclamó así, con la sencillez desnuda de las verdades, durante una sobremesa. Ya no recuerdo por qué nos estábamos mirando en ese instante, si por bronca o embeleso. Su epifanía nos ha descabalgado a ambos. Desde entonces se pasea con la foto de uno de ellos, quizá el izquierdo, y la amplía para pregonarlo a los incrédulos. Es el apóstol de mis iris. La niña de mis niñas. El heraldo de mis ojos.

Mi mujer y mi hija mayor, en cambio, militan entre los escépticos. Pareciera molestarles, de hecho, este verde mío. Me lo reprochan como si les hubiese ocultado una doble vida, con otra mujer y otras hijas. Por concordia familiar, con ellas he pactado unos ojos color miel, sin especificar de qué flores se alimentó el enjambre. Son verdes, sin embargo, aunque el espejo y el mundo lo rebatan. Ya nadie me despojará de esta convicción. Me siento igual que aquel personaje de Mistery Men, que podía hacerse invisible pero sólo cuando nadie lo estaba viendo.

Cierto que no se trata de un verde obvio, de esmeralda y clorofila. Ni de albahaca, ni de trigo verde, ni del verde, verde limón. Me desfilan por los ojos nenúfares extraviados. Los atraviesa esa luz fugaz que a veces el ocaso extraña. Un rumor de absenta los ha emborrachado. Ojos de bruja tímida, de gato melancólico, de traidor que se arrepiente y disimula su envidia. Verdes como si lloviznase verde, como si verde escarchase, pero verdes.

Este desatino de la melanina me ha cambiado. Durante casi cincuenta años me resigné a mis ojos marrones. Pedía perdón y permiso. Aceptaba las negativas sin negarme jamás yo mismo. Hablaba en voz baja y caminaba sin ruido. No creía merecer más que lo que por favor se me concedía. Me sentía como cualquiera de ese setenta por ciento del planeta, con sus vidas y sus ojos anodinos, abocados al olvido.

Ya no. Me he convertido, de repente, en parte del dos por ciento de la humanidad. Más especial que esos de ojos azules y grises, que se consideraron la raza elegida. Más que los ojos avellana, que ningún poema han inspirado. Casi tanto como los ojos violetas de Liz Taylor, que tanto me enamoraron. Me ha poseído la abundancia como a quien toca la lotería. Elevo el mentón y amenazo con el dedo. Exijo la hoja de reclamaciones, me cuelo en las colas e interrumpo las conversaciones. Importuno y me atrevo. Mi gerente sabrá, leyendo estas líneas, que mañana lunes va a aumentarme el sueldo. ¿Cómo discutírselo a estos ojos verdes?

Mis ojos verdes, o sea, son la pulsera del resort. El pase rápido del parque de atracciones. El portero de discoteca que te anticipa. El asiento confortable en clase business. La chapa sobre la puerta del despacho. Son ojos de minoría selecta, de pueblo elegido, de religión correcta. Ojos de haber nacido en el lado bueno de la historia y la frontera. Así de estúpidos son estos ojos, pequeños como cuchilladas, que sólo me pierden a mí, que sólo a mí me matan, cuando me miran desde el reflejo de los escaparates. Nadie es especial, al menos no más que nadie, y si no antes, ya nos lo recordará esa última mirada de ojos negros.

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