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Opinión | Anomalías

Eduardo Armada

Eduardo Armada

Escritor y fotógrafo

Un hombre borroso

Un hombre borroso.

Un hombre borroso.

Un día de primavera de 1838, probablemente por la mañana, aunque es difícil asegurarlo, un hombre con sombrero de copa camina por el Bulevar du Temple, en París. Debe de llevar los zapatos sucios porque se detiene frente a un limpiabotas apostado en una curva de la calle. Es un lugar muy popular y concurrido, repleto de comercios y de gente que pasea a pie o en coche de caballos. Del limpiabotas y su cliente no sabemos nada, solo que ambos permanecieron allí, en ese punto concreto del bulevar durante al menos diez minutos, el tiempo que necesitó Louis Daguerre para tomar la primera fotografía que registra unas figuras humanas.

Uno hubiera pensado que esa histórica fotografía retrataría a algún personaje relevante de la época, un primer ministro, un miembro de la realeza, al propio Daguerre, pero no. Los primeros humanos retratados en una fotografía son dos personas anónimas, un limpiabotas y su cliente.

Eran otros tiempos. La fotografía era un proceso químico que solo estaba dando sus primeros pasos. Se requerían largos tiempos de exposición para que la imagen se formara sobre una placa de cobre plateado, pulida como un espejo y expuesta a vapores de yodo. Era el carrete de la época, una tarjeta de memoria que permitía una sola fotografía. Imposible hacer copias. Los daguerrotipos eran piezas únicas. Una imagen que era a la vez un negativo y un positivo, según el ángulo de observación y de cómo incidiera la luz.

No obstante, lo más singular e incluso romántico de la fotografía de Daguerre no es la técnica empleada, sino el anonimato. Pienso que cualquiera, yo mismo, podría ser ese hombre. No el que se hace limpiar los zapatos en un bulevar parisino un día de primavera de 1838, sino un personaje anónimo en alguna de las fotografías que se toman cada día en el mundo. Cuántas veces me habrán fotografiado sin saberlo, como en esa imagen tomada por Rashid una mañana de mayo de 2018.

Rashid es pakistaní. Está en Vigo finalizando un ciclo superior de artes plásticas. Acaba de recibir una carta de su madre pidiéndole que le escriba y que le envíe una fotografía reciente. Así que Rashid saca su teléfono móvil y se hace un selfi frente al edificio del MARCO, en la calle del Príncipe, justo en el instante en que yo entro en el edificio para ver una exposición.

Rashid sale bien en la fotografía. Le gusta la forma en que sonríe a la cámara para su madre. A mí apenas se me reconoce, no soy más que una figura borrosa que pasa frente al objetivo. Imprime la fotografía en una tienda de revelado y le pone un marco, una sencilla moldura de madera. Luego compra un sobre acolchado, mete dentro la imagen y busca una oficina de correos.

Tres semanas más tarde el sobre llega a la casa de Rashid en Gwadar, en el sur de Pakistán. La madre se demora observando el retrato. Pasa la mano sobre la cara de su hijo y besa su rostro. Luego descuelga un viejo calendario en la pared de la cocina y aprovecha el clavo para colgar la fotografía. La mira otra vez, a Rashid y tal vez a mí, un hombre borroso entrando en el MARCO.

Me resulta perturbador, raro, una anomalía, haber terminado en esa pared, en una casa de Gwadar, en las costas del golfo Pérsico al sur de Pakistán. Me pregunto en cuántas casas más estaré, en cuántas cocinas, habitaciones y salones habrá colgada una fotografía que contiene una imagen mía.

Hay algo inquietante en esa ubicuidad no buscada.

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