Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión | Ni diestro ni siniestro

Jesús G. Maestro

Jesús G. Maestro

Catedrático de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada de la Universidad de Vigo

Catedrático de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada de la Universidad de Vigo

¿A quién beneficia la eutanasia?

Una paciente a la espera de una eutanasia.

Una paciente a la espera de una eutanasia.

Contaban nuestras abuelas, en la Galicia popular y centenaria, una fábula hoy acaso censurable. Era un cuento con moraleja, titulado «El lacazán de Soria».

Refería la historia de un hombre tan holgazán que decidió dejarse morir y organizar su propio entierro antes que trabajar. Contaban las ancianas del lugar que, camino del cementerio, un vecino piadoso, apenado por ese triste final, detuvo la comitiva y ofreció gratuitamente al lacazán trigo para que asegurara su manutención, pese a su vagancia.

Y cuentan que el falso difunto levantó la tapa de su propio ataúd y erguido preguntó: «Y el trigo, ¿molido o por moler?». A lo que el generoso compadre respondió que por moler, pues bastaba ir al molino y listo. A lo que el lacazán respondió, encerrándose de nuevo en el ataúd: «Pues que siga el entierro».

Al margen de que esta narración ancestral de nuestras abuelas gallegas hoy ya no se comprenda, su significado es claro: la vida exige trabajar y nadie merece morir. Hay que ayudar a vivir.

Todos sabemos que el siglo XXI ha alterado tanto la vida de los seres humanos que cuentos populares como este resultan extraños y macabros. Sin embargo, la vida es lo único que tenemos, y realmente nada debe justificar, en principio, que la abandonemos de forma intencional. Cuando alguien entre nosotros tiene razones para suicidarse, la sociedad en que vivimos ha fracasado, porque otra sociedad diferente triunfa con su modelo de eutanasia. Nada ni nadie puede ni debe inducir al suicidio. Al contrario: al ser humano hay que darle razones convincentes y eficaces para vivir. Nunca para suicidarse.

La muerte de Noelia Castillo es un hecho, a mi juicio, que revela el fracaso de la sociedad en que vivimos, que cada día se parece más a un mundo inhabitable. Si la única salida es el suicidio, es porque alguien se siente incompatible consigo mismo, con las personas que le rodean y con la sociedad en que vive. Esta triple incompatibilidad hay que evitarla. Vivimos en una sociedad que no enseña a vivir, porque no sabe vivir. Sorprende que quienes más se rasgan las vestiduras sean quienes más contribuyen a hacer de este mundo un lugar inhabitable.

La muerte de Noelia Castillo es un hecho, a mi juicio, que revela el fracaso de la sociedad en que vivimos, que cada día se parece más a un mundo inhabitable. Si la única salida es el suicidio, es porque alguien se siente incompatible consigo mismo, con las personas que le rodean y con la sociedad en que vive. Esta triple incompatibilidad hay que evitarla. Vivimos en una sociedad que no enseña a vivir, porque no sabe vivir. Sorprende que quienes más se rasgan las vestiduras sean quienes más contribuyen a hacer de este mundo un lugar inhabitable.

Es muy fácil hablar de los demás cuando uno no está en el lugar de los demás. Es muy elitista hablar de la pobreza cuando uno es rico, argumentar sobre la enfermedad de los otros cuando uno tiene salud y pontificar sobre la eutanasia cuando uno no es el protagonista de la tragedia. Cuando no estamos en el cuerpo del vecino, es gratis dar consejos, legislar y arreglar un mundo que no conocemos por dentro. Ninguno de nosotros puede reemplazar la voluntad de una persona que habita un cuerpo que no es el nuestro, sino el suyo.

Vivimos en una sociedad que se familiariza peligrosamente con este tipo de comportamientos, como si fueran una demostración de libertad. Ninguna libertad conduce al patíbulo.

Siempre he considerado que el martirio es la única forma de suicidio autorizada por las religiones y que la guerra es una de las formas de homicidio legalizada por las democracias. Hoy me pregunto si la eutanasia es una forma de suicidio legitimada por el siglo XXI. Me gustaría no tener razones para hacerme esta pregunta, pero lo cierto es que dispongo de muchos motivos para responderme a mí mismo que sí, sin pretender convencer a nadie de la validez de mis posibles razones y seguras sospechas.

Advierta el lector algo importante: ¿cuántos escritores, novelistas y poetas, dramaturgos y ensayistas, se suicidan antes del siglo XVIII? ¿Cuántos de ellos se suicidan después, desde la Ilustración hasta hoy? Respóndanse ustedes mismos. Cuando la anglosfera asume la hegemonía cultural de Occidente, la vida de muchos intelectuales acaba en suicidio. ¿Cuántos escritores se suicidan en el Siglo de Oro español e hispanoamericano? No los encontrarán.

Hoy vivimos en un mundo totalmente nihilista, que sigue modelos de éxito configurados por el mundo anglosajón y protestante, que acude a la eutanasia como un recurso al que confunde con un derecho. Y que se oferta como un negocio. La cultura mediterránea, de tradición griega, romana e hispana, ve en el derecho la libertad, a la que aspira como negación de la muerte y afirmación de la vida.

Mientras figuras planetariamente poderosas y mandatarios de determinados países piensan en la inmortalidad y la perfección genética del cuerpo, preservado del envejecimiento, al pueblo llano se le ofrece «democráticamente» la eutanasia, como una forma de «libertad». Sorprende que se llame «libertad» a algo que te lleva al cementerio.

La cultura actual ha convertido al ser humano en una criatura incompatible consigo misma. Se induce a los jóvenes a reemplazar el sexo por la pornografía, el matrimonio por el celibato y la vida entera por un trabajo sin tregua ni descanso y bajo una explotación extrema. Esto es un mundo inhabitable.

Una vida sin amor, sin trabajo, sin dinero, sin vivienda, sin esperanza, sin familia, pero saturada de carencias infinitas, es una vida que induce al ser humano a abandonarla. Esta es la sociedad que hoy construye el siglo XXI. Y esto es un horror que no hay quien detenga, y cuyo destino es el nihilismo. En ese destino ya estamos. No es lo que viene, es lo que hay.

El amor es uno de los sentimientos humanos más importantes y poderosos. Y además no se puede mercantilizar, no se compra ni se vende. Por esa razón el amor debe suprimirse, según los dictados mercantiles. Porque en un mundo sin amor, el ser humano no tiene valor. En un mundo sin amor, todo está permitido. Una sociedad en la que hablar de amor resulta ridículo, cursi o carca, es una sociedad que nos deja en manos de la negación de la vida. Cuidar del prójimo es prevenir el suicidio de todos.

Yo no soy creyente. Y no necesito serlo para confirmar que el suicidio de una sola persona es el fracaso de una sociedad entera. Pero es también algo más: es el éxito de una nueva sociedad, a mi juicio enemiga del ser humano, donde el suicidio se disfraza de libertad.

¿A quién beneficia la eutanasia? A quien pueda evitarla. Y sobrevivir a ella.

Suscríbete para seguir leyendo

Tracking Pixel Contents