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Opinión | Dramatis Personae

Periodista

El tanatorio

La muerte de Herodes

La muerte de Herodes / FDV

«Hay un momento para todo y un tiempo para cada cosa bajo el sol; un tiempo para nacer y un tiempo para morir», predica el Eclesiastés, musicó Peter Seeger y cantan The Birds. Todo gira, gira, gira. Yo ya raramente visito maternidades y las bodas me escasean. «¿Pereiró o Vigo Memorial?», suelo preguntar, igual que cualquiera en esta ciudad y cada uno según la suya. Todavía, sobre todo, por familiares y amigos cuya edad o aviso amortiguan el dolor, aunque hubiese querido retenerlos al menos otro día. Ocasionalmente por alguien prematuro, con tanto por vivir como yo mismo, desconociendo esa cuenta. Pronto en lo que me corresponda, hasta mi propio turno. «Estamos en la rampa de salida», asume mi suegro. Nos imagino en fila, desfilando hacia esa noche, como paracaidistas sobre territorio enemigo.

Al tanatorio acudimos según la época o circunstancia. Se nos veta de niños, en esa extrañeza de la muerte que inculcamos. Nos incomoda de jóvenes, por aburrimiento o tristeza. Aprendemos a transitar de adultos sus arcadas y vestíbulos. Cada deudo y cada visitante interpretan sus papeles. El ritual, aunque extenúe, alivia las primeras horas, cuando parece absurdo seguir adelante. En ningún lugar se acoge con tanta intimidad como ante el féretro. En ningún lugar se bromea con tanto alivio, aun disimulando, como en los corrillos. No es por contradicción o desaire. La vecindad de esa clausura a la postre común sacraliza la belleza de cada instante, que pronto olvidaremos. «Un tiempo para reír, un tiempo para llorar». El mismo tiempo.

He frecuentado tanatorios, en fin, en estas últimas semanas. De personas a las que amaba o admiraba. He pretendido consolar a sus hijos y ellos lo han aceptado cortesmente. Yo sólo figuraba como uno más y ni siquiera entre los principales en la exposición de afectos. Eran personas queridas por muchos, que les retribuían su bondad en ese pésame, y me ha confortado comprobarlo. «Un tiempo para plantar, un tiempo para cosechar».

Como ateo, nunca me ha preocupado lo que sucederá después de que la electricidad de mi cerebro cese. No estando, no seré. Me comporto conforme a unos principios morales que a veces traiciono, sin aspirar a que se me premie o temer que se me castigue en otro mundo o en otra existencia. He fantaseado, sin embargo, con mi velación; si a mi viuda la acompañarán en el sentimiento o si la desolarán las ausencias. «Un tiempo para abrazar, un tiempo para abstenerse de abrazar», que cada uno escoge.

Cuenta Flavio Josefo que Herodes el Grande, tan magnífico como vesánico, a quien los judíos nunca habían aceptado como rey por considerarlo extranjero, un idumeo converso, ordenó reunir a los principales ciudadanos en un hipódromo. A su hermana le instruyó que los asesinasen tan pronto como él hubiese fallecido. Se aseguraba así de que el pueblo, aunque lo odiaba, se lamentase de verdad en su funeral. Yo no quiero hacer trampas como Herodes. Ni siquiera un desfile sincero de llantos.

–¿Qué sucede cuando morimos? –le preguntó Stephen Colbert, en su cuestionario habitual, a Keanu Reeves.

–Sé que aquellos que nos han amado nos añorarán.

Con eso basta.

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