Opinión
Galicia entra en el universo Almodóvar

Pedro Almodóvar, en la presentación de su nueva película, «Amarga Navidad». / Francisco Guerra | EP
En «Amarga Navidad», Pedro Almodóvar vuelve a levantar una casa emocional donde cada objeto pesa, cada textura habla y cada silencio se talla como si fuera madera. Y ahí está la sorpresa, Galicia entra sin pedir permiso. Como materia. Como latido.
Para este encuentro no ha sido necesario un mapa, sino una sensibilidad compartida. En esta última liturgia cinematográfica del cineasta manchego, el rojo herida de sus interiores ya no solo dialoga con el melodrama de Douglas Sirk o el pop de la Movida; esta vez, el color se funde con la veta profunda de la madera y el hilo industrial de una Galicia que es, a un tiempo, vanguardia y raíz. Es en este escenario, donde el diseño se vuelve un personaje más de la trama, donde lo gallego y el universo almodovariano se estrechan la mano con la fuerza de un pacto irrevocable.
En esta nueva incursión en la autoficción, el duelo, la memoria y la creación se entrelazan en una estructura de espejos, y el director convierte la vida en relato, y el relato en herida abierta. Una historia de pérdidas, la de una madre, la de la inspiración, la de la certeza, que se despliega entre Madrid y Lanzarote mientras los personajes se reinventan a sí mismos para poder sobrevivir.
Pero en ese tránsito, en esa casa que es casi un santuario del yo, aparece un cuerpo extraño: la escultura. La presencia de Francisco Leiro en la película no es una mera nota al pie decorativa. El artista gallego, Académico de Bellas Artes y nombre imprescindible del panorama internacional, impone en el plano una fisicidad rotunda. Su pieza, «Salomé a la espera» (inspirada en la ópera de Richard Strauss), tallada con esa fiereza gestual que parece arrancar el alma del tronco, actúa como centinela del drama. En la casa de los protagonistas, la figura de Leiro, que el director manchego ha sabido integrar con su habitual maestría para el ready-made de lujo, no es un objeto inerte, ocupa el espacio como personaje mudo que lo dice todo. Acompaña a la escena, la tensa, la interpela. Es materia que respira, presencia que obliga a mirar de otra manera. «Salomé a la espera» es un tótem que conecta el cuerpo y la sustancia, presencia que parece observar el desgarro de los personajes con la solemnidad de quien conoce la soledad de los bosques y el peso de la historia. Leiro aporta a Almodóvar esa dimensión simbólica donde lo humano se vuelve tosco, real y, por ello, profundamente sagrado.

La escultura «Salomé a la espera», de Francisco Leiro. / FDV
Pero hay otra capa, más ruidosa y quizá más contemporánea: mientras el escultor aporta densidad, tradición y una mirada casi ancestral, aparece otro actor inesperado: Zara. Y Zara es Zara. Es decir: industria, democratización estética, diseño convertido en lenguaje global.
No es casual que la reciente colaboración entre la firma y el cineasta (esa camiseta que ya es fetiche), se haya convertido en el uniforme emocional de una generación. Zara es, para la película, el diseño que democratiza el estilo, la línea que une la pasarela con el asfalto, y que en el universo de Almodóvar adquiere un barniz de sofisticación pop que solo él sabe otorgar a lo cotidiano.
Incluso en la promoción del film, el cineasta ha convertido el gesto en rito. Lo vimos el pasado jueves en La Revuelta, ese confesionario de la modernidad televisiva, donde Pedro no solo regaló a David Broncano el flan de su hermana María Jesús –ese símbolo doméstico y tierno de su propia cosmogonía–, sino que lo hizo sobre un altar de porcelana de Sargadelos. El estampado Marbadás, con su geometría hipnótica y su azul atlántico, sirvió de soporte para lo comestible, elevando el postre familiar a la categoría de pieza de museo. Es el triunfo de la artesanía gallega fundiéndose con el prime time, una declaración de principios sobre la vigencia del diseño gallego en la mesa del mundo.
Galicia, para esta cinta, no es un decorado; es una estructura. Está en la solidez de la madera de Leiro, en la inteligencia visual de la industria de Inditex y en la elegancia blanca y azul de Sargadelos. Es el norte aportando su gravedad y su historia a la luz del Atlántico Sur y al delirio cromático del director.
En «Amarga Navidad», Almodóvar parece habernos dicho que la belleza hoy se construye así: con un pie en la academia y otro en la calle; con la fuerza del cincel de un académico y la agilidad de un diseño que recorre el mundo. Un abrazo entre el genio de Calzada de Calatrava y la potencia creativa de Galicia que nos recuerda que, incluso en la amargura, el arte y el diseño son el único refugio posible.
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