Opinión | Dramatis Personae
Te(a)mo

Emily Dickinson
Nunca he aprendido a diferenciar bien lo que se debe decir y lo que no. No me resigno conforme. Escribo lo que jamás vocalizo. Insinuo lo que silencio. Puedo esconderme detrás de un discurso y revelarme en una elipsis. Igual suelto una broma impertinente que regateo un consuelo. En general, como casi todos, me he pasado la vida callando a voces y con la verdad en la punta de la lengua, reteniéndola, que es lo apropiado.
No siempre hemos sido así de austeros. De niños nos gritábamos a borbotones lo que sentíamos. Amabábamos y odiábamos al otro e incluso al mismo apretando los puños, a pecho descubierto. A la madre, en su regazo y su regaño. Al amigo, en su alianza y su traición. A la vida, en sus promesas y desencantos. Como adolescentes cada beso o abrazo nos aturdía y cada rechazo nos rompía el corazón. Todo lo declarábamos abiertamente.
Pronto aprendemos a disimular este apasionamiento. A los hombres se nos ha inculcado la contención. De este corsé, que asfixia tanto como aquel de varillas a las mujeres, no acabamos de librarnos. «Hay que venir llorado», se le reprende a quien revela su fragilidad. Vuelve a promocionarse el macho que frunce el ceño y da la fría mano. Si acaso se suelta, será para el enfado. A ellas se les consiente la emoción y después se les reprocha. Parecen convenciones del pasado pero aún nos ulceran. ¿Cuántos íntimos solo se dicen que se quieren cuando el alcohol los desinhibe?
También a mí el amor más hermoso me ha parecido el que nunca se culmina y permanece de esta forma intacto, sin que la rutina lo desgaste. Ese mayordomo que Anthony Hopkins interpreta en Lo que queda del día, el señor Stevens, que jamás se permitirá por educación y pudor lo que Emma Thompson, la señorita Kenton, ama de llaves, desea y sabe. El silencio los condena y los protege.
Emily Dickinson, considerada hoy como una de las más grandes poetas estadounidenses, jamás se casó. En todo se comportó con el decoro que se esperaba de la primogénita de una prominente familia puritana. Sólo diez de sus 1.800 poemas se publicaron en vida y de forma anónima. Pero incluso en ellos y en su correspondencia privada esconde lo que a la vez revela. Se expresa con tanta ambigüedad que sus exégetas discuten sobre la identidad o alcance de sus romances; con su cuñada Susan, por ejemplo. «Toda la verdad decidla pero al sesgo, el éxito mora en rodeos».
Ha trascendido, sin embargo, un diálogo con Charles Wadsworth, un reverendo casado, al que solo vio en persona dos veces, pero que ejerció como mentor epistolar. Lo había conocido en Filadelfia en mayo de 1854. En 1880, él se presentó de manera inesperada en su hogar de Massachusetts.
–¿Por qué no me ha avisado de que venía a fin de prepararme para su visita? –le preguntó Emily.
–Yo mismo no lo sabía. Me bajé del púlpito y me metí en el tren –respondió Wadsworth.
–¿Y cuánto ha tardado? –preguntó ella refiriéndose al viaje.
–Veinte años.
Ignoramos de qué hablaron después, en sus estancias. Wadsworth falleció en 1882, dejando a Dickinson devastada. Sabemos que nunca culminaron sus anhelos. Podemos fantasear al menos con lo que se confesaron y si los confortó. En el poema consignado como 1.212 sostiene: «Una palabra está muerta cuando se la pronuncia, dicen algunos. Yo digo que a vivir recién empieza ese día». A veces lo único que necesitamos, como en El secreto de sus ojos, es la «a» ausente en un teclado. Un te amo, al insinuado o la pareja, al intruso o al hermano, basta para no perder el tren.
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