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Opinión | Cuaderno de bitácora

María Oruña

María Oruña

Escritora

Todo a la vez

Trenes en la estación de Guixar, en Vigo, la semana pasada.

Trenes en la estación de Guixar, en Vigo, la semana pasada. / Alba Villar

Todo a la vez. El Carnaval y el Día de los Enamorados, las tormentas ciclogénicas explosivas y los trenes que ni San Valentín consigue que lleguen a su hora. Claro que en Galicia estamos acostumbrados a otro ritmo, a ese aislamiento que la orografía y los políticos han diseñado para nosotros. Figúrense si estamos templados y hechos a todo, que el otro día en un evento en Madrid creo que fui la única persona que, cual monje tibetano, tenía controlada la angustia de saber si llegaría o no con retraso a casa aquella noche. Los que tenían que ir al sur ya no habían comprado ni billete de tren y se habían presentado en coche —viajar en avión resultaba prohibitivo—, y los que volvían a Barcelona se sentían afortunados si solo tenían que esperar una hora u dos en el previsible retraso de salida. Me preguntaron si los vagones que subían a Galicia también habían disminuido su velocidad, a lo que les respondí con franqueza: «los nuestros no cambian, siempre van lentos».

Muchos dirán que no, que no es cierto. Que en Galicia tenemos AVE y que, a pesar de que en los últimos días se han cancelado más de ciento cincuenta viajes, las medidas se seguridad y mantenimiento son intachables; sin embargo, para acudir a Madrid tuve que invertir tres horas y cincuenta y minutos y, para volver, cuatro horas y media con un retraso añadido de treinta minutos porque las paradas, sin justificación alguna, eran larguísimas. Cuando nos cruzábamos con otro tren, que nos pasaba a pocos centímetros de distancia en dirección opuesta, algunos pasajeros recordaban lo que había sucedido en Adamuz y gritaban.

La población entera se ha convertido en una masa que desconfía y que se ve desprovista de derechos de forma sutil y progresiva, y así, a base de pequeñas infamias, el enfado no resulta exagerado y no se reclama el llevar las guillotinas a las plazas públicas. Recuerdo que percibí los recortes en el «Estado de bienestar» hace muchos años, cuando trabajaba como abogada. De pronto, las salas tenían menos personal y los jueces se veían obligados a prescindir de parte de sus equipos de trabajo. En las sentencias, yo misma podía leer los «corta y pega» de otros procesos, porque el sistema y sus archivos estaban saturados.

Lo mismo sucede con la asistencia social. El Gobierno no parece disponer de un plan serio para toda esa población envejecida. Mientras los ministerios actuales se esmeran en subvenciones de toda clase, nuestros mayores no tienen residencias públicas a su alcance salvo que dispongan de un nivel «tres» de dependencia —nivel subjetivo, a estimar por la administración— y unos ingresos simbólicos. Por no hablar de Sanidad y de la salud mental, a cargo también de las familias salvo que el enfermo realice «algún acto extremo». Es decir, esperen al estropicio para actuar y, entre tanto, encárguense ustedes.

Y nosotros, que ante todas estas tormentas al menos teníamos siempre un tren en el que confiar, hemos visto cómo ni siquiera aquel amable referente para los viajes se sostiene. ¿No me creen? Les reto a visitar la estación de Chamartín, en Madrid, que lleva varios años en obras. Un frío que pela, pocos asientos y gente desesperada. Los que por trabajo viajamos con frecuencia, estamos en pánico: somos conscientes de que debemos dejar márgenes más amplios para imprevistos y, en consecuencia, gastar más. Tal vez no se pueda ir y volver en el día, y quizás el viaje incluya comer, dormir o cenar en alguna parte.

Todo este caos, ¿lo dirige alguien? Si la respuesta es positiva, ¿por qué nos sentimos tan perdidos? No sé qué haremos en el futuro inmediato. ¿Nos quejaremos con vehemencia o, muy a la gallega, optaremos por viajar menos? Sea como fuere, disfruten del amor que les ofrezca San Valentín y, en la medida que puedan, de todo este extraño y esperpéntico Carnaval.

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