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Opinión | Ni diestro ni siniestro

Catedrático de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada de la Universidad de Vigo

Los niños prohibidos del siglo XXI

Una familia viaja con una niña de corta edad en un tren, en una imagen de archivo.

Una familia viaja con una niña de corta edad en un tren, en una imagen de archivo. / Marta G. Brea

No tengo hijos. No es un consejo, ni mucho menos una advertencia. Fue una decisión libre y compartida por unanimidad entre los dos miembros de una alianza. Pero tampoco tengo complejo de Herodes.

Digo esto porque cada día observo, no sin indiferencia y con sincera preocupación, un repudio manifiesto hacia los niños y la infancia en nuestra sociedad del siglo XXI. Es algo muy extraño, porque va en contra de lo más humano de este mundo, como es la infancia, la etapa más vulnerable y necesitada de la vida, la niñez, la verdadera y única edad de la inocencia. Y porque paralelamente se anatematiza y condena una libertad y una ilusión irrepetibles, que de forma inevitable se desvanecen en la edad adulta.

¿Conviene restringir el acceso de menores a ciertos vagones para preservar el sosiego y el descanso del resto de pasajeros? Pues la empresa ferroviaria pública francesa, SNCF, ha respondido ―al menos en un principio― afirmativamente a esta cuestión, al poner en marcha una modalidad denominada «clase prémium», en la que no se permite la presencia de niños menores de doce años. La iniciativa ha provocado una intensa polémica social en Francia. Se verá qué ocurre finalmente, pero el debate ya está servido. No es la primera vez que se plantea.

La medida se manifiesta en medios de transporte público, y también en restaurantes, hoteles, cruceros y demás variedad de formas de vida social y venidera. Está claro que el siglo XXI es una época en la que Herodes se sentiría relativamente cómodo.

Nótese cómo los perros han desplazado a los niños en todos los terrenos de la vida pública, social y también mercantil. Para muchas personas, los canes son más simpáticos que los niños. Si planteamos un debate sobre este tema, pocos interlocutores se atreverán a ser sinceros por temor a la lapidación.

Aquí hemos pasado en pocos años de recitar El Principito, libro más infantilizante que infantil, a condenar a la infancia sin paliativos ni razones. Me cuesta trabajo comprender cómo las mismas personas que promueven por internet frases como esta pueden mostrar a la vez incomodidad y antipatía por los niños: «Todas las personas mayores fueron al principio niños, aunque pocas de ellas lo recuerdan». Estas palabras de Antoine de Saint-Exupéry podrían figurar en la entrada de esos vagones franceses a los que se pretende prohibir el acceso a niños menores de 12 años.

Personalmente, siempre he sido muy crítico con un libro como El Principito, porque su lectura, lejos de hacer madurar a una persona, la convierte en un adulto neoténico, es decir, en alguien que crece pensando como un niño cuando las circunstancias vitales le exigen hacerlo como un adulto.

El libro que en la literatura española supera a El Principito es Platero y yo, de Juan Ramón Jiménez, mucho más humano, inteligente y valioso que la planicie del de Saint-Exupéry, pero mucho menos difundido y leído, por ese complejo tan español de considerar lo extranjero más valioso que lo propio. De ese complejo son responsables la mayor parte de nuestros padres, profesores e intelectuales. Y ahora parece que hasta los mismos franceses se han olvidado de El Principito. Ni el animalismo de nuestros días ha puesto sus ojos en el amoroso burrito de Juan Ramón Jiménez.

El problema es que prohibir a los niños menores de 12 años el acceso a un determinado vagón de tren implica prohibírselo también a sus padres. Normalmente, a esa edad los niños no viajan solos. Hechos de este tipo revelan tres problemas importantes: la intolerancia a la infancia, la mala educación que algunos padres permiten a sus hijos en espacios públicos y, sobre todo, el hecho de que vivimos en una sociedad donde se induce a la gente a no saber relacionarse con los demás.

Esto último es lo más grave de todo. El siglo XXI parece haberse propuesto destruir las relaciones humanas, la vida social y la convivencia. Se dice que los adultos no soportan a los niños, que las mujeres no quieren a los hombres, que los milenaristas maldicen a los búmeres, que quienes no tienen vivienda pueden «okupar» viviendas ajenas y que los que tienen perro tienen más –o menos–derechos que los que no lo tienen. El caso es pelearse. ¿Puede sobrevivir una sociedad que educa a los seres humanos para que sean incapaces de convivir entre sí? Lo dudo. Pero sé que en eso estamos: en la negación de la convivencia. Cualquier cosa sirve para enfadarse con el vecino.

Hay personas que no soportan a los adolescentes. Otras, no aguantan a los que llaman «viejos», como si cumplir años fuera un demérito. Algunas no quieren saber nada con hombres (androfobia) y otras rechazan a las mujeres (misoginia). No falta aún quien agreda a personas homosexuales (homofobia). Y por supuesto cada día más gente prefiere vivir con un perro antes que compartir espacio con otro ser de su misma especie. Este es el mundo que hemos construido.

El resultado puede ser muy variopinto, y con opiniones para todos los gustos, pero se observa un predominio de infelicidad e insatisfacción, de soledad y depresión. Entretanto, crecen los problemas y enfermedades mentales, que desembocan en la sala de espera de psicólogos y psiquiatras. Vida sin amigos, muerte sin testigos, dice el refrán.

Modestamente creo que la infancia es la vida en su versión original, cuando no la estropean los adultos, es decir, cuando no la subtitulan con sus prejuicios, ideologías y sistemas educativos espeluznantes. La juventud, por su parte, es el enfrentamiento con esos adultos. La madurez es el pacto: con ellos –con los adultos de los que ya se forma parte– y con la realidad.

Madurar es saber pactar con el mundo, hacerse compatible con él. La vejez es el reconocimiento de los errores. Comprendan que haya gente que no envejezca nunca, y que nunca se haga compatible con la realidad en que vive, porque jamás alcanza la madurez, pese a cumplir muchos años.

Una sociedad intolerante con la infancia es una sociedad incompatible consigo misma. Aquí no sobra nadie, excepto la mala educación y los malos humores.

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