Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión | Dramatis Personae

La isla sin dios

Costas de Rotuma

Costas de Rotuma / FDV

Lo he verificado en la hemeroteca. Cuando concluya este que ahora inicio, y que estará concluido cuando se lea, habré publicado 110 artículos en el suplemento Estela desde el otoño de 2020. He mencionado a Dios en 39, que ya son 40; aquí irrumpen nuevamente estas cuatro letras cuyas teclas contiguas he presionado, dos con la mano derecha y dos con la izquierda, sin especial trascendencia pese al misterio que contienen. Dios también figura, escondiéndose entre líneas, en los 70 restantes.

He escrito Dios en mayúscula y minúscula. En singular y multiplicado. He hablado del Dios católico que me inculcaron, que nos tortura con la culpa y exige la expiación de nuestros pecados, y del Dios calvinista, que nos justifica y predestina. He descrito la devoción de mi niñez y el descreimiento de mi adolescencia. Le he reprochado su crueldad y he añorado su regazo. Han desfilado ante mí todos los dioses que la fantasía humana ha concebido o al menos esa idea. He recopilado las monstruosidades que se han cometido en su nombre y alguna que otra bondad. Me he asomado al vacío de este universo infinito, privado de su causa primera.

Soy un ateo, en resumen, tan coherente como contradictorio, incapaz de desprenderse de Dios y perfectamente seguro de su ausencia. Una confusión común. Componemos una especie animal que no ha superado el sinsentido de su consciencia. La ciencia no ha solventado la orfandad que el arrinconamiento de Dios ha provocado. No lo han remediado la filosofía ni la política.

Y así hoy Dios resurge en nuestro Occidente; no como reflexión íntima, sino al dictado. Ese Dios a quien se atribuye el providencialismo europeo para enfrentarlo a Alá, siendo ambos el mismo. El Dios evangelista, que decide elecciones y promulga códigos morales. Un Dios que igual sanciona el genocidio de Gaza, un herem bíblico, que la caza de emigrantes, a quienes otros guarecen en su nombre. Porque Dios nos necesita igual que nosotros a él y adquiere la exacta forma que nos urge. Dios ha persistido incluso cuando lo han negado. Cualquier ideología degenera en culto. En la Unión Soviética, Dios se encarnaba en Stalin o el partido. Al otro lado del muro, en la inescrutable voluntad del mercado. In God we trust, reza el dólar. Pudiera resultar inevitable. Y sin embargo...

En 1824, cuando el Coquille fondeó en el archipiélago de Rotuma, su tripulación descubrió algo sorprendente. La isla principal, a 500 kilómetros de Fiyi, había sido poblada –apenas unos cientos– por oleadas polinesias. Algunos navegantes, como Edward Edwards persiguiendo a los amotinados de la Bounty, la habían divisado sin explorarla. Permeable pero aislada, a diferencia de cualquier otra sociedad conocida, en Rotuma no profesaban ningún tipo de religión organizada. No habían imaginado Dios, cielo ni infierno. Ningún profeta les había revelado castigos y retribuciones. Disfrutaban su breve existencia sin promesas de eternidad. La memoria de sus ancestros y rituales de cohesión comunitaria habían colmado sus anhelos espirituales.

De lo que sucedió después hablaba el boletín de la Sociedad Geográfica de Madrid en 1882: Los padres maristas y los protestantes ingleses establecieron algunas misiones en la isla, y muchos indígenas aceptaron la religión cristiana. Cuando eran ateos o idólatras, nunca el fanatismo ni la intolerancia turbó su tranquila vida; mas los misioneros de Cristo hiciéronles comprender prácticamente lo que eran las discordias religiosas, pues la enemistad entre los misioneros romanos y anglicanos promovió cruenta guerra civil. Un trozo de tierra de 42 kilómetros cuadrados, circundado por el inmenso Pacífico. Quizá el único y verdadero paraíso del que hemos sido expulsados.

Suscríbete para seguir leyendo

Tracking Pixel Contents