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Opinión | A los pies de los caballos

Rafa López

Rafa López

Jefe de sección de Sociedad y Cultura

Mejillones de Nueva Zelanda

Protestas contra el acuerdo con Mercosur.

Protestas contra el acuerdo con Mercosur. / Álex Zea | E.P.

El reciente acuerdo entre la Unión Europea y Mercosur nos pone frente a un viejo dilema. ¿Por qué necesitamos carne argentina teniendo la excelente ternera gallega? ¿Por qué vamos a importar naranjas brasileñas si disponemos de las valencianas o las portuguesas?

Pocas cosas hay tan contraintuitivas como el comercio, y más si es globalizado: tendemos a pensar que la economía es un juego de suma cero, es decir, que si una parte gana es porque la otra pierde; y que las distancias intercontinentales hacen inviable cualquier intercambio comercial. Comentaba hace unos días el periodista chileno John Müller que en Chile no entendían por qué era más barata la leche holandesa importada que la que producían en el país. En los hipermercados de Vigo, capital mundial de la conserva de mejillón, encontramos desde hace unos años latas de mejillones con bivalvo extraído en Chile. Y no solo eso: si rebuscan en los lineales pueden encontrar latas de mejillones con marca gallega pero con origen en Nueva Zelanda. ¡En las antípodas! Imposible traerlo desde más lejos, a no ser que en el futuro se instalen bateas en la Luna o en Marte (denle tiempo a Elon Musk).

Bromas aparte, es difícil de entender que salga rentable importar mejillones de Nueva Zelanda y que las latas se vendan más baratas que las de mejillón de las rías de Vigo o de Arousa. Sin embargo, es evidente que hay negocio.

Cuando nos preguntemos qué demonios pintan unos mejillones neozelandeses a casi 20.000 kilómetros de su origen, listos para ser consumidos, deberíamos recordar a aquellos pioneros gallegos que se aventuraron a pescar en aguas de Terranova o Malvinas, para traer al puerto de Vigo el fletán canadiense o el Rodolfo Langostino argentino. Añádase ahora que el transporte marítimo a gran escala permite comprar por internet artículos producidos en la fábrica del mundo, China, a precios ridículos.

Tener a nuestro alcance un mercado prácticamente mundial –y más tras el acuerdo entre la UE y la India– es una ventaja, aunque solo sea porque hace que baje la carísima cesta de la compra.

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