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Opinión | Salud&Placer

Emma Placer

Emma Placer

Psicóloga y sexóloga

Poder, silencio… ¡y lo sabes!

@A2C_ILUSTRACIÓNS

@A2C_ILUSTRACIÓNS

El otro día, una amiga, en el fútbol, me dijo: «¿en serio alguien se ha sorprendido con lo de Julio Iglesias?».

La pregunta no iba cargada de morbo ni de ironía. Estaba cargada de memoria y recuerdos, de contexto. De esa sensación incómoda de que muchas cosas que hoy se señalan, durante años se vivieron como parte del paisaje natural, era un suma y sigue, un chiste, la antigua normalidad.

La investigación publicada por elDiario.es ha removido algo más profundo que un nombre propio o una noticia de la prensa rosa. Al final, hablamos también de una etapa de nuestra historia sexual y de una estirpe asociada a un modelo masculino que durante años fue celebrado, banalizado y convertido en chiste colectivo, con la figura del padre, el conocido «Papuchi», como parte de ese imaginario popular. Todo ello, mientras se normalizaban dinámicas claramente atravesadas por diferencias de poder.

Todo está relacionado con eso. Con quién podía hacer qué y con quién. Con una época en la que el consentimiento no era una pregunta, sino una suposición. Y desde la sexología, y desde cualquier conversación mínimamente honesta, esto no sorprende. Inquieta, duele, pero no sorprende.

Durante años, se ha educado a los hombres en la iniciativa constante y a las mujeres en la adaptación. El deseo masculino se entendía como algo inevitable y el femenino como algo secundario o negociable. De aquellos barros, los lodos son muchas situaciones que hoy reconocemos como abuso; se vivieron como incomodidades que había que soportar, silencios que había que aceptar o favores que formaban parte del trato implícito.

Conviene recordar algo que a veces olvidamos: en el mundo mundial, los derechos sexuales no se formularon de manera clara hasta bien entrados los años 2000. El derecho a decidir sobre el propio cuerpo, a vivir la sexualidad sin coerción, a decir NO sin miedo y a que ese NO fuera respetado llegó tarde, muy tarde, al marco legal y educativo. Durante mucho tiempo no solo no se ha protegido, sino que ni siquiera se ha nombrado.

Cuando además entra en juego el poder, ya sea laboral, económico o simbólico, el consentimiento se vuelve todavía más frágil. Desde la consulta, esto se ve con claridad. No hay libertad real cuando decir que NO puede tener consecuencias. Y no hace falta violencia explícita para que exista daño. Basta que exista desigualdad.

Por eso tanta gente no se sorprende. Porque reconoce el patrón. Porque lo ha visto repetirse una y otra vez, con otros nombres y otras justificaciones. Porque entiende que el problema no es una conducta aislada, sino un modelo sexual que durante años ha confundido el deseo con derecho y el silencio con aceptación.

Desde la sexología insistimos en algo básico: el consentimiento no es solo un sí. Es un sí posible, tranquilo, reversible, sin miedo. Todo lo demás es adaptación, supervivencia o aprendizaje forzado. Y eso deja huella, aunque durante mucho tiempo no supiéramos cómo llamarla.

Hablar ahora de estos temas no es juzgar el pasado desde una superioridad moral, es revisar la educación sexual que recibimos y los mensajes que normalizamos. Porque algunas cosas han cambiado, sí, pero otras siguen demasiado cerca.

Quizá la pregunta no sea por qué se habla tanto ahora.

Quizá la pregunta es por qué tardamos tanto en reconocerlo.

Gracias placeres, nos leemos en info@saludplacer.com.

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