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Opinión | Dramatis Personae

Historia de la impaciencia

Stefan Zweig y su esposa, Charlotte Elisabeth Altmann, tras su suicidio en Brasil.

Stefan Zweig y su esposa, Charlotte Elisabeth Altmann, tras su suicidio en Brasil. / FDV

«Dios mío, dame paciencia... ¡Pero dámela ya!», contaba Eugenio, un señor triste y dulce aunque se mostrase imperturbable. Eugenio jamás se apresuraba en los chistes. Sabía que hay que desempaquetar cada relato, aun los más breves, como una mariposa despliega sus alas, concediéndole el oxígeno preciso a cada palabra.

Todo tiene su tiempo. No existe la precipitación en la naturaleza. El hociqueo nervioso de las musarañas se ajusta a sus escasas horas igual que el lento parpadeo de las tortugas a sus muchos años. Igual el narciso a su breve esplendor que el alerce a su austera corteza. Un volcán que erupciona con violencia obedece a la misma coreografía que un continente en su parsimoniosa deriva.

El ser humano, en su origen, aceptaba esos ritmos y se sujetaba a ellos. El cazador había aprendido las épocas de migración y crianza. El recolector atendía al calendario de las floraciones. De nada servía intranquilizarse o intentar forzar los acontecimientos. Y así, al asentarse, aceptó someterse a la sucesión de las estaciones y a la cadencia de sus siembras y cosechas.

«El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó, bendito sea el nombre del Señor», exclamaba Job. Ya no nos define aquella mirada agrícola, sosegada y hasta cierto punto resignada, sino esta industrial, que es inconformista y ansiosa. La historia del hombre es también, entre tantas, la de su impaciencia. No sólo queremos siempre más. Lo queremos de inmediato. «Dámelo todo», exigimos al científico y al político; al sacerdote y al gurú. «Dámelo ya».

La tecnología se acelera y nos acelera. Aquellos niños hipnotizados por el giro del casete en su Spectrum y aquellos jóvenes pasmados con el misterioso parloteo del módem al conectarse nos hemos convertido en estos adultos que golpeamos el teclado si la web tarda dos segundos en cargar. Han devorado nuestra capacidad de atención y de resistencia a la frustración. Es así como se están criando a nuestros hijos. Todo debe resultar rápido y sencillo. Todo caduca en un parpadeo y se reemplaza.

También a las ideologías se les exige esa estimulación constante. Se demandan recetas simples para problemas complejos. El trumpismo copia del fascismo su metodología: la identificación de enemigos externos e internos, el patriotismo esencial, el imperio de la fuerza, la supuesta virilidad... Aquel fascismo era un movimiento ágil e impetuoso, que los modernistas saludaron como hoy saludan a Trump los magnates tecnológicos. Entonces, la máquina. Hoy, el algoritmo.

Obligado al movimiento constante, el trumpismo se extiende por el planeta como una infección. Está llamando a nuestras puertas y no tenemos dónde huir. Stefan Zweig y su esposa, creyendo que el nazismo acabaría imponiéndose, decidieron suicidarse en su domicilio brasileño de Petrópolis, en 1942, tras años de exilio. «Saludo a todos mis amigos. Ojalá que todavía puedan ver la aurora después de la larga noche. Yo, demasiado impaciente, parto antes que ellos», escribió Zweig en una de las cuatro cartas que dejó sobre la mesilla, junto a los vasos de agua con cianuro. Su impaciencia lo privó de la aurora. Sobre nosotros se avecina otra noche.

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