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Opinión | salud&placer

El sexo en Roma

@a2c_ilustracions

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Avanzamos en nuestra serie «las Edades del Sexo» y llegamos a un clásico: Roma. Y aquí conviene dejar algo claro desde el principio: el sexo no se escondía. Estaba en las casas, en las calles, en los baños públicos y hasta en los colgantes que la gente llevaba encima. Roma no se definía por su discreción.

En Roma no se hablaba de orientación sexual ni de etiquetas. A nadie le importaba demasiado si te gustaban hombres, mujeres o ambos. La pregunta importante era otra: ¿desde dónde lo haces? Porque aquí lo que contaba no era el deseo, sino el rol. Y perder el rol más conveniente podía salirles caro.

Empezamos por ellos: el ciudadano romano, varón y libre, tenía bastante margen. Podía tener sexo con mujeres, con esclavas, con prostitutos o con esclavos varones sin que nadie se llevase las manos a la cabeza. El límite no estaba en el género, sino en no colocarse en una posición considerada inferior. Ser pasivo no era inmoral, era socialmente peligroso. No porque el tipo de sexo estuviera mal, sino porque te hacía parecer débil. Y eso los romanos no lo llevaban muy bien.

El ideal masculino romano iba menos de cuerpos perfectos y más de control. Control del cuerpo, del deseo y de la situación. Un hombre tenía que mostrarse activo, dominante y seguro. El placer del otro no era exactamente una prioridad. Aquí no se hablaba mucho de reciprocidad, o sea que eso que tanto me gusta de que «dar placer, da placer» no funcionaba en absoluto.

Las mujeres lo tenían bastante más complicado (¡qué raro!, ¿no?). La sexualidad femenina respetable estaba ligada al matrimonio y a la maternidad. El deseo propio no se celebraba, se vigilaba. Una mujer demasiado deseante era incómoda, sospechosa, problemática. Aun así, sabemos que las mujeres deseaban, porque existe documentación que lo avala. Deseo había; lo que faltaba era permiso para vivirlo con tranquilidad.

En la vida cotidiana romana el sexo estaba a la vista. En ciudades como Pompeya, no hacía falta imaginar demasiado. Había frescos sexuales en casas particulares, burdeles perfectamente señalizados, penes tallados como amuletos de buena suerte (esto es universal en casi todas las culturas) y termas donde el cuerpo se mostraba sin demasiados dramas. No era escandaloso verlo, pero sí había reglas muy claras sobre quién podía hacer qué y con quién.

La prostitución estaba completamente integrada. Era legal, visible y regulada. Había categorías, precios y jerarquías, como casi todo en Roma. No era un margen oscuro de la sociedad, formaba parte del sistema. De nuevo, el problema no era el sexo, sino desde qué lugar se ejercía. Mientras no se cuestionara el orden social, todo encajaba.

Roma suele imaginarse como una sociedad sexualmente muy libre, pero en realidad era bastante estricta con lo importante. Permitía muchas prácticas, sí, pero no toleraba perder el sitio. El deseo no te definía como persona, pero podía meterte en un lío si te hacía caer un escalón.

Roma no reprimió el sexo (masculino), lo colocó, el femenino como siempre, en otro plano. Y cuando el placer tiene sitio asignado, deja de ser solo placer. Así que con ojos del 2026 lo criticamos y ajustamos.

Por cierto, hoy la ilustración de @a2c_ilustracions pone color con su estilo habitual y algún guiño para quienes miran con atención.

Placeres, gracias por la lectura. Nos leemos prontito.

@emmaplacer

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