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Opinión | Cuaderno de bitácora

El tornillo aéreo

Representación del tornillo aéreo de Da Vinci en una exposición.

Representación del tornillo aéreo de Da Vinci en una exposición. / Julián Martín

Cuando Leonardo da Vinci (siglo XV) inventó el tornillo aéreo, que sería algo así como el primer helicóptero de la historia, creo que podríamos decir que fue un hombre adelantado a su tiempo. Su visión disruptiva de las cosas, sin dar por sentados los límites que otros de su tiempo habían aprendido, le hizo dar pasos de gigante en ingeniería, arte y hasta en antropología. Aquel helicóptero tenía miles de problemas para ser realmente operativo, por supuesto: su sostenibilidad en el aire era poca y las posibilidades de morir, muchas; por no hablar de la brujería y desacato ético y religioso que suponía volar por el aire como si cualquier mortal se creyese un ángel divino. Las infraestructuras y la sociedad, en definitiva, no estaban preparadas para desarrollar majadería semejante en el último siglo del medievo.

Me pregunto si nosotros, ahora, no estaremos viviendo un episodio similar al del «tornillo aéreo» con los coches eléctricos. Y no porque la sociedad no esté preparada para utilizarlos, sino porque los intereses económicos, industriales y políticos aplastan y redirigen nuestras expectativas. Nos asustaron a todos con que en el año 2035 los coches de combustión solo iban a servir para ir al desguace, por lo que había que rascarse el bolsillo para adquirir uno eléctrico; pero al poco tiempo las presiones industriales, añadidas a la carencia evidente de infraestructuras –cargadores– y energía suficiente para abastecer a todo el personal europeo, modificaron la dirección legislativa: podremos seguir siendo esclavos de la gasolina hasta el 2050 sin cargo de conciencia.

Somos, pues, títeres de la industria y de los gobiernos, pues atacan nuestro sentido de responsabilidad medioambiental y nuestros bolsillos cuando los coches particulares apenas suponen el diez por ciento de la emisión total de CO2 a nivel mundial. Lo que más contamina es el transporte por carretera, pero ya ven: nada de normativa ni de ingeniería avanzada para camiones eléctricos.

Hace un par de semanas comencé la búsqueda de un coche nuevo en distintas marcas, y algún comercial me aseguró que, si quería viajar por España, me olvidase de un vehículo eléctrico: no había suficientes cargadores en carretera, y aunque la app de turno indicase que en tal gasolinera existía un surtidor eléctrico velocísimo, por lo general al llegar estaba ocupado o inutilizado. «Vaya por Portugal, ahí sí que hay cargadores», me dijeron. Después estaba el tema del precio, pues los coches eléctricos no solo eran mucho más caros –a pesar de las ayudas gubernamentales– sino que corrían el riesgo de quedar rápidamente obsoletos en tecnología, a lo que había que añadir la autonomía real del cuatro latas en cuestión: «Estamos en Galicia, esto no es Castilla… Con estas montañas, los 450 kilómetros le quedan en 300, téngalo en cuenta, ¿eh?».

En resumen, los juguetes nuevos eléctricos solo podían utilizarse con tranquilidad en la urbe clásica, porque si salías a las afueras y te quedabas sin batería –esa que no recomiendan cargar más allá del 80% para no viciarla– podías averiar el coche. Como se podrán imaginar, al final me compré un coche de combustión semi híbrido con etiqueta ECO que sin duda contaminará menos, pero que seguirá siendo un crimen contra el aire a respirar. Soy consciente de que iré al infierno, pero donde vivo el autobús pasa una vez cada hora y no es precisamente puntual ni me lleva a donde quiero, de modo que no quedaba otra. No sé qué diría Leonardo da Vinci de todo esto, aunque supongo que, con semblante sabio y reposado, miraría hacia la lontananza con el convencimiento de que en un futuro no tan lejano el mundo estaría preparado para el avance que casi siempre suponen los cambios.

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