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Opinión | Sálvese quien pueda

Los Magos y la novela del Baixo Miño

El escritor tomiñés J. Benito Fernández.

El escritor tomiñés J. Benito Fernández. / Nuria Caballo

Los regalos, cuando sabes que no vienen de los Reyes Magos sino de los tuyos, son también un signo delatorio de tu imagen social y, lo que es peor, de tus años. Mi hija, por ejemplo, me ha traído una de esas mantas amorosas de sofá, unas zapatillas para andar por casa cantando ande yo caliente y ríase la gente y dos almohadas que dicen milagrosas para el sueño. Ha pasado de protegida a maternal protectora al paso de mis canas y la ocupación de mi cuerpo por un peligroso inquilino, lo que noto también cuando duermo en su casa y viene a vigilar si estoy bien tapado. La vida cambia. En otras dos casas de familia me regalaron, coincidiendo sin saberlo, esas lamparitas que se adhieren al libro para leer por la noche sin molestar a la vecina de cama, y en otras dos, libros como Guía de Viajes por la Edad Media y Trilogía de la guerra, de Agustín Fernández Mallo, que comienza por la isla de San Simón.

Ya ven. Cualquier detective aficionado sabría por mis regalos que me sobran años y que soy ávido lector. Estrené la luz de esas íntimas linternas pensadas para dejar en paz de noche a tu pareja si lees (cuando no es pareja no tienes tiempo para esos menesteres), devorando un libro que me mandó Galaxia en Navidades y que firma un buen amigo de allá por los 80, definido ya por obras anteriores como reputado biógrafo: el periodista tomiñés jubilado y residente la mayor parte de su vida en Madrd J. Benito Fernández, que se ha estrenado en la novela con Non creo en máis vida ca esta, con una traducción al gallego de Perfecto Conde digna de premio porque eleva la lengua a sus mayores alturas.

No es una novela al uso con diálogos, cierto, pero tampoco biografía, sino más bien esa línea de literatura familiar como Tiempo de vida, de Marcos Giralt, Ordesa, de Manuel Vilas o El balcón de invierno, de Luis Landero. ¿No es novela acaso En busca del tiempo perdido de Proust aunque sea su biografía? A Benito se le notan sus dotes de biógrafo, pero se podría decir que es la novela del Baixo Miño porque entre esa zona miñota donde nació y el Madrid de la diáspora y proletario al que se trasladó con sus padres en busca de mejor vida, transcurre la misma. A lo mejor la podríamos señalar como una ficción basada en la propia historia.

No voy a negar que me encantó, entre otras cosas, porque esa trama psicológica del hijo que acompaña al padre moribundo los últimos días de su vida esconde una memoria prodigiosa de un tiempo y un lugar que me pertenecen, los 80 y España como eje pero con una mirada al rural desde los 50, 60 y a aquel Madrid de arrabal que con Franco se llenaba de viviendas sociales para la masa que venía del campo y vivía en condiciones precarias. Benito es un diestro pintor de paisajes sociales (el rural, la urbe) que no hace en su novela ascos al agudo análisis político de la predemocracia y sus psicóticos grupúsculos en liza, dignos de psiquiatra y capaces de defender a cualquier dictador sangriento comunista. Yo no tuve duda en seguir desde la primera página, salvo un pequeño disturbio inicial por tanto acopio de nombres familiares y generaciones. Una levedad de la que pronto pasé a la admiración y goce por un libro que tiene mucho trabajo detrás, mogollón de memoria y sensibilidad y en su expresión, un homenaje a la lengua gallega con la traducción de Perfecto Conde. Y por la valentía de un autor que se desnuda.

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