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Opinión | Dramatis Personae

Un camino solitario

Elizabeth van Lew.

Elizabeth van Lew.

En ocasiones, cuando el mundo enloquece, solo el conductor suicida transita en la dirección apropiada. No siempre resulta fácil manejarse en la umbría moral que nos define ni la vida atiende a sentencias inapelables. A veces, sin embargo, podemos diferenciar lo justo de lo injusto con la misma claridad que en la infancia, cuando el arrebol de nuestras mejillas delataba el orgullo o la vergüenza de cada acto. Nos escondíamos entonces del escrutinio de los adultos, si el pecado era propio, o denunciábamos el ajeno sin prevención ni impostura. Hoy en cambio, ya adultos nosotros, nos ocultamos del espejo y martilleamos nuestra conciencia para que se adapte a lo que aprovecha y conviene. En ocasiones, ya digo, sabemos perfectamente qué es lo correcto, aunque el mundo nos grite lo contrario. Pero es un camino solitario, que probablemente no nos atrevamos a recorrer.

A la novelista Ellen Glasgow, en esa niñez en Richmond a finales del siglo XIX que después relataría, su familia le había advertido contra Elizabeth van Lew. Como a los demás chiquillos del vecindario, los mayores le habían susurrado que aquella anciana de ojos saltones, mentón afilado y nariz ganchuda, habitualmente vestida de tafetán negro, era una bruja malvada cuya presencia se debía eludir. Y aun después de su muerte se difundiría que su caserón de Church Hill estaba encantado. El ayuntamiento lo acabaría demoliendo para construir sobre el solar un escuela.

El epitafio de Van Lew en su tumba en el cementerio de Capitol Hill contaba una historia muy diferente a la de aquellos cuentos tenebrosos que se habían fabulado sobre su figura. «Ella arriesgó todo lo que es querido para el hombre, amigos, fortuna, comodidad, salud, la vida misma, para que la esclavitud fuese abolida y la Unión preservada». La piedra de su lápida se había financiado y traído desde el lejano Boston, sin aportaciones locales. Porque Van Lew, para la mayoría de sus conciudadanos, era una traidora.

Había nacido en el propio Richmond, en una familia norteña pero bien instalada, conservadora y esclavista. Ella desarrolló su credo abolicionista durante sus años en un colegio cuáquero. Cuando el estado de Virginia se unió a la secesión y su hogar natal se convirtió en la capital de la Confederación, Van Lew decidió mantenerse fiel a su ideario y trabajar contra la causa del sur. Aquella mujer ya cuarentona se convirtió en la espía más eficaz del ejército de la Unión. A su alrededor tejió una red de colaboradores, cuyos informes transmitía por medios tan variopintos e ingeniosos como dentro de huevos ahuecados. Van Lew sobresalió igualmente en la atención a los prisioneros nordistas. Expuso incluso su seguridad por exhumar y dar un entierro apropiado al coronel Ulric Dahlgren, que había caído en una emboscada y cuyo cuerpo habían vejado por suponer que su misión consistía en asesinar al presidente confederado, Jefferson Davis.

Concluida la guerra, a Van Lew le encargaron modernizar el servicio postal de Richmond. Promovió numerosas iniciativas a favor de la educación de los negros, a los que contrataba, y del sufragio femenino. Pero también se convirtió en una paria a la que en sociedad «evitaban como la peste», según describió su médico. Ella misma escribiría: «Nadie paseará con nosotros por la calle ni nos acompañará a ningún sitio y se vuelve peor según pasan los años».

Elizabeth van Lew nunca se arrepintió pese a ese perpetuo ostracismo que sufrió hasta su muerte en septiembre de 1900, a escasos días de cumplir 82. No dudó siquiera cuando el gobierno de Estados Unidos le negó la pensión que merecía por sus servicios durante la guerra. Ella siempre había sabido qué era lo correcto y asumió el precio de defenderlo. Recorrió con la cabeza alta ese camino solitario. «Uno, no; todos», exclama el conductor suicida cuando por la radio avisan de que un coche circula por la autopista en sentido contrario. En ocasiones tiene razón.

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