Opinión | Ni diestro ni siniestro

Catedrático de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada de la Universidad de Vigo
¿Héroes o delincuentes? La violencia como espectáculo audiovisual

El actor Michael C Hall, en la serie «Dexter». / Christian Weber Showtime
En los últimos años, buena parte de las series más populares del cine, la televisión y las plataformas audiovisuales de internet han coincidido en una operación narrativa tan eficaz como inquietante: convertir el mal en un espectáculo atractivo y hasta seductor. Se trata de relatos protagonizados por personajes que delinquen de forma tan violenta como elegante y sofisticada.
El delincuente ya no es una figura perturbadora, capaz de poner en peligro el sistema, sino un producto mercantil diseñado por el propio sistema. A la sociedad se le presentan superhéroes delictivos. Hemos pasado del justiciero clásico, estilo Superman, a los héroes antisistema de las series actuales.
El delincuente es hoy un personaje carismático. Para el cine y las series televisivas, la violencia deja de ser un problema moral y se convierte en un recurso estético. La víctima, cuando adquiere alguna identidad, se diluye hasta volverse irrelevante. No se trata de excepciones ni de casualidades, sino de una tendencia dominante en la ficción audiovisual contemporánea. El cine ha hecho de la delincuencia un ideal épico y, en ocasiones, heroico.
El fenómeno no es nuevo, pues comenzó con la literatura romántica, pero su normalización sí lo es, y el videojuego resultó clave en esta evolución. Durante décadas, el relato criminal se apoyó en una estructura muy clara: el delito rompía un orden y la violencia tenía consecuencias. El culpable quedaba marcado por la transgresión.
Hoy, en cambio, el criminal es el centro del relato y el principal foco de empatía. Se celebra su inteligencia, se admira su audacia y su falta de escrúpulos se interpreta como signo de autenticidad. El mal ya no escandaliza: seduce. Y es signo de autoridad.
Esta transformación no es inocente. La ficción de masas ha descubierto que la figura del delincuente fideliza audiencias. El delito adquiere expresión artística, el Estado pierde legitimidad y la sociedad honrada queda fuera de la ecuación. El criminal se vuelve ingenioso, incluso necesario para que la trama prospere. La violencia se justifica por su impacto emocional o por el pasado traumático del agresor, que queda exculpado de antemano.
Mientras tanto, la víctima desaparece. No importa quién sufre el daño ni qué consecuencias reales tiene la violencia. El dolor ajeno se invisibiliza. La cámara se detiene en la estrategia, no en la destrucción; en la astucia, no en el sufrimiento. El espectador aprende a observar el delito desde el punto de vista de quien lo comete, no de quien lo padece. Algo así choca frontalmente con la experiencia del mundo real y lo que cuentan los telediarios.
Esta inversión del foco tiene efectos culturales profundos. Cuando el mal se presenta de forma reiterada como algo fascinante, pierde densidad moral. El crimen deja de ser una ruptura intolerable y se convierte en una forma de afirmación individual. La transgresión se interpreta como valentía y la ausencia de límites, como libertad. No estamos lejos de las tesis sobre la banalización del mal de Hannah Arendt, aunque aquí se añade un elemento decisivo: su consumo como entretenimiento. La violencia lúdica.
Algunos defienden estas ficciones en nombre de la complejidad psicológica. Alegan que comprender al criminal no equivale a justificarlo. El argumento es legítimo, pero insuficiente. Comprender no exige embellecer.
La reproducción constante de estos relatos erosiona la sensibilidad del espectador. La violencia se consume cómodamente, como un entretenimiento sofisticado y necesario. El crimen se evalúa espectacularmente por su impacto comercial, no por su gravedad moral. Importa que el guion sea rentable, no si es justo o cruel. El carisma mercantil reemplaza a la moral, que queda en silencio.
En este contexto, la víctima resulta molesta. Su presencia exige asumir consecuencias. Por eso suele desaparecer, diluirse en el anonimato o reducirse a un pretexto argumental. El sufrimiento real sobra en el espectáculo y se limita a los informativos. Día tras día, el delincuente se convierte en protagonista de documentales, series u obras cinematográficas.
Es evidente que este heroísmo del mal no implica que las series inciten al delito, pero sí que contribuyen a una percepción distorsionada de la violencia. Cuando el mal se vuelve recurrente y atractivo, se banaliza. El arte exhibe el delito como si el daño no tuviera consecuencias reales, pero la ficción siempre está implicada en la realidad de la vida.
El espectador no sale conmovido ni alertado, sino entretenido. Y con ganas de repetir. La ficción ya no sirve para rechazar o repudiar el conflicto, sino para neutralizarlo, o incluso aceptarlo y familiarizarse con él. Al final de la película, el espectador quiere ser amigo del delincuente.
Hay, además, una consecuencia menos visible, pero más profunda: la erosión de la responsabilidad moral. Si todo crimen puede explicarse por un trauma, una injusticia previa o una inteligencia excepcional, la culpa se diluye.
El éxito audiovisual evita así una pregunta indeseable: ¿cuál es el límite que el arte puede tolerar? Ese límite es históricamente variable, y lo marca cada época y cada sociedad. Hoy la novela y el cine admiten hechos y escenas que hace décadas eran inconcebibles. Pero en el cine de hoy, como en la hostelería, los fumadores se han visto reemplazados por perros y mascotas: el tabaco no sale en la foto. Su lugar lo ocupa un gozque sonriente.
Frente a esta tendencia, no se trata de invocar censuras ni de exigir ficciones moralizantes. Quien piense en esas soluciones ha perdido el juicio. El problema no es el mal en sí, sino cómo se muestra y reproduce subliminalmente. Hay relatos audiovisuales capaces de representar la violencia sin embellecerla, porque exploran el crimen sin convertirlo en espectáculo modélico. Pero son minoría en un mercado que premia la adicción y el consumo.
La hegemonía de estas producciones audiovisuales coincide, además, con una sociedad y una cultura de masas cada vez más inclinada a relativizar la responsabilidad del individuo. Todo se explica y todo se justifica psicológicamente en nombre de las emociones, que se han sacralizado. El resultado no es mayor comprensión, sino menor exigencia.
Una sociedad que se entretiene con el crimen de ficción puede desentenderse del sufrimiento real, y corre el riesgo de perder de vista la realidad.
La convivencia con el mal no comienza cuando se justifica la violencia, sino cuando deja de importarnos. Y hoy, demasiadas series de éxito nos enseñan, con eficacia y brillo, precisamente eso, que el mal no tiene consecuencias reales. La banalización del daño ficticio sigue creciendo, pese a todas las apariencias en contra.
La ética no desaparece cuando se niega, sino cuando se vuelve irrelevante. Cuando la ficción no se toma en serio, la realidad tampoco. Parece que los únicos héroes de la democracia son los delincuentes.
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