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Opinión | Cuaderno de bitácora

María Oruña

María Oruña

Escritora

El hotel azul

Imagen reciente del Hotel Bahía de Vigo

Imagen reciente del Hotel Bahía de Vigo / Marta G. Brea

Cuando era pequeña y navegaba por la ría de Vigo, siempre deseaba que el regreso a la ciudad fuese al atardecer. La forma en que el sol incidía en las ventanas de los edificios dibujaba un brillo dormido difícil de explicar, y en aquel vaivén del barco que se aproximaba al corazón de cristal y piedra de Vigo todavía guardo algunos de mis mejores recuerdos.

Sin embargo, había un edificio que me resultaba completamente fuera de lugar: su tamaño era desproporcionado y, ya entonces, su color parecía pasado de moda. El Hotel Bahía de Vigo, enorme y azul, se alzaba ante mí y ocultaba en gran medida la Colegiata y el casco viejo, como si sus calles no fueran un tesoro y sí un patrimonio que hubiese que ocultar. ¿No es curioso? En el siglo XIX perdimos nuestras murallas y, a cambio, en el siglo XX ocultaron parte de nuestra historia tras ese enorme muro.

Ahora van a cerrar este hotel durante unos meses, ya que por fin van a reformar sus diecisiete plantas y ocho mil metros cuadrados; según parece, lo harán porque el edificio tiene un nuevo dueño que quiere que ascienda de categoría hotelera y porque «su estética se quedó obsoleta». Perdonen que discrepe: no es la estética, es la estructura en sí misma. Una aberración arquitectónica que oculta el corazón histórico de la ciudad al mar. Porque el Ayuntamiento podrá hacer paseos por Beiramar y arreglar jardines en Samil, pero mientras nuestro casco histórico no sea cuidado y preservado, los cruceristas seguirán tomando autobuses en el puerto para subir a Santiago y no para pasear por nuestra ciudad.

Que ya sé que ahora hay poco que hacer, que el edificio ya está ahí, pero yo le habría dado licencia y carta blanca para todo si hubiese quitado al menos diez de sus plantas. Comprendo que es imposible, que las utopías son solo para los libros y que el goloso ático de ese nuevo hotel para celebrar eventos será objeto de listas de espera; pero no comprendo la rehabilitación del casco viejo sin pequeños comercios que lo sustenten mientras se siguen otorgando licencias para nuevos centros comerciales llenos de franquicias generalistas (el último complejo, según sé, en Caramuxo). Tampoco comprendo muy bien el razonamiento arquitectónico y urbanístico de la ciudad: en Navia se hicieron edificios gigantes con laberintos de acceso y calidades cuestionables, y ahora una nueva hornada de edificios parece que va a engullir las casitas unifamiliares de San Pelayo de Navia. El objetivo, además de económico puro y duro, ¿guarda algún resquicio para el planteamiento de habitabilidad? Me refiero a edificios de tamaño más humano y asequible, a proyectos urbanísticos que respeten distancias, alturas y zonas ajardinadas. Y no me refiero a leyes y normas urbanísticas, sino de cercanía y habitabilidad. Con frecuencia pienso en ciudades como Londres, que limita en muchos barrios y de forma deliberada la altura de los edificios (tres o cuatro pisos como máximo) para que la convivencia real resulte posible, para que sea agradable respirar. Cada bloque de edificios dispone de un parquecillo propio y, cada manzana, de otro parque.

Pero habíamos quedado en hacer caso omiso a las utopías y en olvidarnos de que aquí se copie lo que a otros les funciona. Total, ya sabemos, por ejemplo, que en el Hotel Bahía fue posible dormir durante medio siglo y que no pasó nada. Pero ¿en qué afectó a la ciudad esa contaminación paisajística? A veces creo que a los únicos que les tuvo que hacer gracia ese edificio debió de ser a los que vivían de forma estable en los sesenta apartamentos de las plantas superiores: ¿cómo sería cruzarse con huéspedes de hotel todo el tiempo? ¿Tendrían la sensación de vivir siempre en un mundo en movimiento, lleno de extranjeros y de anécdotas, mientras ellos permanecían en la estable rutina de lo idéntico y repetitivo?

Puede que yo no sepa gran cosa de urbanismo, pero sí sé que hay lugares por los que dan ganas de pasear y de vivir. Ojalá las licencias urbanísticas considerasen que la modernidad en la urbe también puede vestirse de racionalidad y belleza, aunque intuyo que el que más y el que menos terminará visitando ese ático de lujo del nuevo hotel; será la única forma de mirar al mar y, al girarse, contemplar la todavía digna estampa del casco viejo y del pasado.

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