Opinión | Dramatis Personae
Libros infelices

Emilio Salgari
No voy a leer a Juan del Val. Ni Vera, una historia de amor, que Planeta ha premiado, ni cualquier otra novela que haya escrito o escriba en el futuro. Cuando eres joven y por tanto inmortal, quieres leerlo todo. Luego descubres que tu calendario se agota con rapidez y necesitas priorizar. Cada libro que escoges implica otros mil que has dejado de escoger. Así que seleccionas en función de la materia o del autor, de la información previa que indagas o de la recomendación de un amigo, del número de páginas o del color de la portada... Con criterios científicamente elaborados, o sea, y por capricho, que es igual de razonable.
No voy a leer a Juan del Val, repito, y diría que ningún prejuicio ha determinado esta decisión. Estaría mintiendo. Su condición de tertuliano televisivo me condiciona e incluso más la sospecha de que este último libro suyo se ha concebido para que lo galardonen por sinergia empresarial. Más un producto que se ha pactado en un despacho que una obra que se ha parido por desgarro. Un libro feliz, en resumen, y por tanto impertinente.
Las grandes historias, incluso las más cómicas, se generan desde el dolor de sus creadores. Las personas felices se dedican mayormente a vivir. Escribir, aunque sea un manual de geometría, implica siempre la desnudez de quien escribe. Expones a los demás tus congojas y tus anhelos. Te enfrentas al miedo constante de equivocarte en la próxima palabra y de extraviar a su destinatario. Inviertes tu bien más precioso, tu propia existencia, sin garantía de retorno. El sufrimiento que sustenta cada libro se oculta en sus prefacios y en sus solapas.
Cuando era niño me encantaban las novelas de Sandokán. Relatos gozosos de piratas buenos, fieles amigos, damas hermosas y británicos malvados. De huidas imposibles y batallas heroicas. Salgari me condujo de la mano por esa Malasia maravillosa que se había inventado. Un día leí la breve biografía que acompañaba a cada volumen: la cuenta de sus quebrantos y miserias, la locura de su mujer y aquella última carta, implorando a los editores que tanto lo habían sangrado que se ocupasen al menos de mantener a su familia.
Salgari se abrió el vientre en la colina donde había imaginado tantas aventuras viendo corretear a sus hijos. John Kennedy Toole, desesperado por no encontrar quien le publicase, enchufó una manguera al escape de su coche, la pasó por la ventanilla y se sentó a esperar la muerte. Fue su madre la que siguió remitiendo cartas y soportando negativas hasta que La conjura de los necios, hoy una obra capital del siglo XX, se imprimió.
No voy a leer a Juan del Val, insisto, y en realidad sé que a él también le habrán acometido la incertidumbre, el ansia y la aflicción. Que en su caso se ha enfrentado a las expectativas de sus devotos, la prevención de sus detractores y el escrúpulo de los críticos literarios. Incluso los escritores felices soportan úlceras que nadie más entiende o conoce. Lo admiro igual que a cualquiera que haya afrontado ese vértigo. No leeré a Juan del Val simplemente porque le sobran lectores y a mí me falta tiempo. Otros que volcaron su alma sobre el papel necesitan más a alguien que los lea y que, al menos durante un instante, los rescate del olvido.
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