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Opinión | Salud&Placer

Sodoma y Gomorra (la gran decepción)

@A2C_ILUSTRACIONS

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Como llevo toda la vida escuchando Sodoma y Gomorra como sinónimo de bacanal y orgía, y sabiendo, como ya os decía en el artículo de las sagradas sexcrituras, lo que es el Antiguo Testamento en lo sexual, quería saber qué había realmente detrás de ese mito. Y claro, cuando años después Resines y compañía lo convirtieron en «Sodoma y Gomera», tampoco iban tan desencaminados: porque entre lo que se contó y lo que hemos imaginado, la historia terminó pareciendo más una caricatura que un relato histórico.

La verdad es que, profundizando, la Biblia no describe ninguna bacanal. No hay orgías, ni templos erótico festivos, ni gentes entregadas a prácticas colectivas por placer. Lo que sí hay es algo más oscuro: violencia sexual como herramienta de dominación. El episodio central es la famosa escena en la que los hombres de la ciudad rodean la casa de Lot y exigen «conocer» a los visitantes. Ese «conocer», el hebreo «yadá», es directamente follar: entrar y violar. Es un acto de humillación al extranjero, una forma brutal de demostrar poder.

La segunda escena sexual del capítulo es aún más horrible: Lot, intentando proteger a sus huéspedes, ofrece a sus hijas vírgenes, literalmente: «Tengo dos hijas que no han conocido varón». Lo hace con una naturalidad que refleja muy bien el lugar de las mujeres en aquella sociedad, ¡qué super asco!: la violencia sexual como moneda de cambio, no como deseo.

Y, si no fuera todo ya muy turbio, el texto bíblico añade el episodio del incesto en la cueva. Tras huir de la destrucción, las hijas de Lot emborrachan a su padre durante dos noches consecutivas y se acuestan con él para «darle descendencia». El incesto aparece aquí no como tabú erótico, sino como mecanismo desesperado de supervivencia familiar. Pero ahí queda: otra escena sexual explícita que nunca se menciona cuando se utiliza Sodoma para hablar de moral.

El resto del imaginario sexual nace después, y ahí sí entra el morbo. La carta de Judas, en el Nuevo Testamento, menciona que Sodoma y Gomorra «se entregaron a la inmoralidad sexual y persiguieron carne extraña». Solo con esa pequeña expresión se dió manga ancha a siglos de interpretaciones eróticas libres: desde relaciones entre personas del mismo sexo hasta fantasías sobre prácticas «contra natura». La moral medieval terminó de rematar el mito y acabó llamando «sodomía» a cualquier acto sexual no reproductivo: sexo anal, sexo oral, masturbación, relaciones entre personas del mismo sexo, incluso ciertas prácticas heterosexuales que no buscaban procrear. Todo lo que fuera por placer, al mismo saco y bajo la misma amenaza.

Vale, en los textos no he encontrado nada fantasioso, he buscado un poco en la arqueología y tampoco, cero épica morbosa. Las ciudades que podrían corresponder a Sodoma y Gomorra parecen haber sido destruidas hacia el 2.350 a.C., probablemente por un terremoto seguido de incendios. No hay vestigios de templos eróticos ni rituales sexuales programados. Lo que sí hay son estructuras urbanas de la Edad de Bronce, con desigualdades y tensiones sociales, como tantas otras.

O sea que Sodoma no es lo que pensamos, un mito que ha crecido más por imaginación que por evidencia. Y quizá por eso sigue funcionando tan bien: porque donde falta la información, siempre entra el morbo.

Placeres, gracias por este ratito de lectura, nos seguimos leyendo y escuchando en www.saludplacer.com

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