Opinión
El Quijote visita el instituto Santa Irene

Una joven lee una edición del Quijote / Martin Alipaz (EFE)
A veces, lo peor que le puede ocurrir a la literatura es caer en manos de los profesores de literatura. Pero otras veces es lo mejor que le puede pasar. Todo depende del profesor y de los alumnos. Y cuando hablamos del Quijote, la cosa se pone brava. Sobre todo si se plantea la lectura de esta novela en los institutos de enseñanza media y en las universidades, algo que cada día se hace con menos frecuencia, porque cada vez son menos los profesores que se atreven a explicar esta novela a adolescentes que viven una vida de ficción.
El Quijote es una obra que nos acerca a la realidad y nos aleja de los idealismos. Sin embargo, casi siempre se explica al revés, y se habla de esta novela como un camino hacia el idealismo, cuando en realidad ocurre todo lo contrario. La realidad es más emocionante que la imaginación, por una razón ineludible: la realidad exige soluciones, la imaginación las evita.
No es esto lo que ocurre, desde luego, en el IES Santa Irene de Vigo, ni en nuestra universidad, donde el Quijote de Cervantes ocupa un lugar de referencia. Y no digo esto sólo porque el martes que viene, 16 de diciembre, quien suscribe tendrá ocasión de hablar del Quijote a los alumnos del instituto Santa Irene de Vigo, sino porque, para un adolescente sobre todo, saber interpretar textos literarios es saber mucho más de lo que parece. Ya hemos dicho en múltiples ocasiones que la literatura es nuestro mejor psiquiatra.
Por esta razón a la literatura siempre han tratado de hincarle el diente todo tipo de ideologías, filosofías y creencias religiosas. La literatura tiene una libertad que disgusta a otras actividades humanas, que la observan con recelo y envidia. La filosofía, que tan buena fama tiene entre quienes quieren darse postín de cultos, nació, con Platón, ladrando contra la literatura, y con la pretensión de expulsar a los poetas del Estado.
La historia de la literatura es una historia de luchas contra la censura. Quien piensa que en el siglo XXI la censura ha desaparecido vive engañado. Hoy la censura no es menor que en el siglo XVII. Simplemente, es «diferente», más simpática, más bienintencionada en apariencia. Antes estaban prohibidas unas cosas, hoy están prohibidas otras. Cambian los tiempos, pero la censura siempre está ahí, observándote. Y si son profesores, lo saben mejor que nadie, pues habrán leído las guías docentes dictadas por un Espacio Europeo de Educación Superior que ninguno de nosotros ha votado jamás.
A veces, cuando pronunciamos una palabra prohibida, no sabemos si defendemos a la democracia de sus enemigos o a la libertad de los amigos de la democracia. En este contexto, el Quijote es un mapa y una brújula, jamás un laberinto.
Sin embargo, Cervantes, de quien yo siempre dije que era gallego por su sentido del humor y su inteligencia extraordinaria para evitar la censura, escribe una novela que ha sabido esquivar a los censores de todas las épocas. Cervantes es más inteligente que todos ellos juntos.
El instituto Santa Irene de Vigo es uno de esos lugares donde todavía es posible recordar a los jóvenes que la literatura no es un entretenimiento, sino un ejercicio de libertad. Hablar del Quijote ante estudiantes de enseñanza secundaria es una forma de reconocer que esa libertad está siempre en peligro. Y que la escuela, si quiere justificarse como institución educativa y científica, debe protegerla con razones y con hechos. No bastan las palabras.
El secreto de la educación posmoderna no consiste en formar a las personas para que manejen una tecnología, sino en malformarlas para convertirlas en víctimas de ella. La literatura es el mejor antídoto contra este anzuelo.
Hoy no son los libros de caballerías lo que intoxica la imaginación de jóvenes y adultos, sino la avalancha interminable de ocio digital, sentimentalismo terapéutico y discursos ideológicos que ocupan el espacio que antes pertenecía a la literatura. Reemplazamos el pensamiento por la consigna, el análisis por la emoción y la lectura por la pantalla. Y luego nos preguntamos por qué cuesta tanto leer el Quijote.
En realidad, leer el Quijote no cuesta más que mirar la pantalla de un móvil. Lo difícil es formar a profesores que hagan del Quijote una lectura útil en los centros de enseñanza. Explicar el Quijote en la enseñanza media no es un capricho de filólogos, sino una obligación científica. Es la manera más eficaz de demostrar que la literatura no es un adorno académico, sino un espacio de inteligencia y crítica donde la realidad se examina con precisión. Y cuyo resultado es la libertad y el desengaño.
La educación actual, más inclinada a engañar que a desengañar, sustituye el análisis por la ilusión y conduce al fracaso de la inteligencia juvenil. Esto es un error de consecuencias devastadoras.
La enseñanza media y universitaria debería comprender esto y, en lugar de simplificar la novela con ediciones mutiladas, tendría que proporcionar a los estudiantes el texto completo, con su sintaxis genuina, su ironía esencial y su sostenido sentido del humor. La idea de que los estudiantes son incapaces de leer a Cervantes es una forma de menosprecio educativo.
Hablar del Quijote en el instituto Santa Irene es continuar una tradición que se resiste a desaparecer. Este edificio, emblemático entre nosotros, es un símbolo de la educación pública de Vigo y de su empeño por transmitir conocimientos críticos, incluso cuando las modas pedagógicas se obstinan en lo contrario. Hablar de literatura en un instituto no es un gesto de nostalgia, sino un acto de resistencia.
Allí, entre jóvenes que forman su propia conciencia crítica, el Quijote puede concebirse como una obra que enseña a desconfiar de las fantasías irracionales y a enfrentarse con la realidad.
La libertad empieza por saber distinguir la realidad del engaño, y ninguna obra ha descrito mejor que el Quijote la lucha del ser humano contra sus propias ficciones y espejismos. Explicar el Quijote es mostrar el valor del desengaño frente al imperativo sentimental de la felicidad. Ese es el legado de Cervantes. Ese es el desafío que nos corresponde transmitir. La libertad es más importante que la felicidad. Hay que educar para ser libres, no para ser felices.
Y esa es la razón por la que, todavía hoy, explicar el Quijote en la enseñanza media no es una opción cultural, sino una necesidad científica. Y una responsabilidad política, no ideológica. La ideología es un conjunto de creencias que enfrentan a un grupo humano contra otro. La política, sin embargo, es la administración del poder, es decir, la organización de la libertad.
Yo leí el Quijote completo con 14 años. Cursé mi bachillerato en Gijón, con el mejor profesor de literatura que he tenido (universidad incluida): Emilio Nieto Costas, vigués y antiguo alumno del instituto Santa Irene. Pocas personas saben lo decisivo que es, en la vida de un estudiante, el trabajo de un profesor de enseñanza media.
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