Opinión | Sálvese quien pueda
Noche, maldita y bendita noche

Moncho Borrajo, durante la presentación en Vigo de Aquella farándula. / Pablo Hernández Gamarra
En la noche las estrellas brillan, y hay revelaciones que el día ignora. Yo conocí la noche y sus fondos desde sus alturas y no como el común denominador de los que se creen que la conocen haciendo cola y pagando entrada. Pero ni así acabas de conocerla del todo. De noches, estrellas que se iluminan y apagan y de secretos oscuros trata el libro Aquella farándula que acabo de leer, el último y recién nacido del humorista Moncho Borrajo. Pero también de las cuitas del día en la vida a veces estelar, a veces estrellada de la gente de la farándula, profesión de quienes se dedican al mundo del espectáculo. De ahí viene farandulear, que viene a ser salir a divertirse en público para presumir, exhibirse o llamar la atención.
No solo me he divertido con este libro, a pesar de que cuenta historias trágicas, sino aprendido cosas del mundo del artisteo que ni imaginaba, a pesar de la mucha relación que tuve en años pasados con el mismo a través del periodismo, de la moda, de los 17 pubs cuya imagen llevé al mismo tiempo, como de la gran discoteca desde la que gestioné el paso de mucho artistas invitados: desde Miguel Bosé o Ana Belén hasta grupos de rock españoles, ingleses... que no se andaban con chiquitas en cuanto a consumos. Aquellas noches interminables de los 80 y 90 en que todo podía pasar y podías acabar en cualquier parte en Vigo, Madrid, Barcelona o París. Pero Borrajo lo vivió y lo cuenta desde una experiencia más privilegiada, desde dentro del corazón del mismo artista que ha vivido la farándula de los 70, 80, 90... en los escenarios más nucleares de España, en el Madrid de La Latina, el Monumental, el Reina Victoria, el Bocaccio... entre actores, empresarios, representantes, periodistas clásicos y esa nueva subespecie carroñera del corazón que no cuenta lo que ve sino que inventa lo que puede.
Moncho va pintando ese mundo a través de dos vidas muy distintas de ese universo. Dice él que en una de ellas está la soledad vivida y en la otra, algo con lo que convivió muy a menudo: el divismo absurdo. Ya en las primeras páginas sabes de esa soledad, ese miedo de quien está en el camerino esperando que se abra el telón. Dos personas por medio de cuyas vidas observas con muy buenos trazos descriptivos cómo soñaron con triunfar, triunfaron y en el camino perdieron muchas cosas. Todo, cuenta él, en medio de un campo de batalla de sonrisas tan falsas como las joyas que lucían los invitados, de abrazos con puñaladas escondidas, de la hipocresía nacional de una época en que España despertaba de una dictadura.
Desde la niñata que acompañaba al adúltero periodista de moda, pasando por embelesados efebos de esos que la ciudad devora cada noche. Moncho describe todo ese ambiente desde el camerino estrecho, húmedo y sórdido de los comienzos y el tocador de lujo cuando era el cómico de moda de la España toda. Y lo hace con sagacidad desde esa inteligencia sutil que le alumbra y por medio de una pluma o un pincel que dibuja todos los cromatismos sobre el lienzo de la vida, la de la farándula.
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