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Opinión | Sálvese quien pueda

Periodistas y jueces, mirada de refilón

Julio Picatoste, el pasado miércoles en Club FARO.

Julio Picatoste, el pasado miércoles en Club FARO. / José Lores

¿Qué relación tienen en esta actualidad ideológicamente polarizada, jueces y periodistas? Ese fue un tema que se planteó, aunque epidérmicamente, en la presentación del libro «Cuadernos de bitácora», del juez Julio Picatoste, que recoge sus artículos en FARO y del que fui telonero con Bieito Ledo y Alberto González-Garcés. Nuestro enjuiciador se sumó al colectivo de jueces o magistrados escribidores, los más sirviéndose de internet y los menos, como él, teniendo al más distinguido imperio del papel como plataforma desde la que luego se sube a las redes.

En general, los jueces y los periodistas siempre nos hemos mirado de refilón, con cuidado ellos de que no caiga en nuestras manos un malentendido o una filtración que convierta su caso en mediático o lo pervierta de algún modo, y con cuidado nosotros de no caer en manos judiciales por pasarnos de la raya o a veces por un quítame allá esas pajas. Como anécdota puedo decir que en esos casi 50 años de periodismo diario en el que ya sumo recuerdo tres o cuatro denuncias que por estúpidas no llegaron ni al juez y sólo una de mayor porte en 1976 como acusado de apología de la lucha armada contra el Estado, cuando yo, pobre de mí, no solo era un manzanillo en la profesión sino que mi única culpa era haber entrevistado al exiliado comunista Luis Soto, aquí venido desde México en las tinieblas de la legalidad. Cosas de aquel tiempo hoy imposibles.

Me atrevo a decir que hoy en día las relaciones entre lo judicial y lo periodístico han llegado a un límite nunca antes visto, dada la multiplicación de medios en busca de titular y de tertulianos afanosos por decir algo de mayor envergadura que el de al lado, cosa imprescindible para sostenerse en el programa. Coincido con algún colega metido en el ajo, y creo que Picatoste también aunque no fue explícito en ello, en que el periodismo judicial tiene mucho, demasiado, de filtración, y poco, muy poco, de documentación y menos aún de documentalismo riguroso. No hablemos de las derivas ideológicas en uno y otro lado. ¿Estará de acuerdo conmigo Picatoste en que hay demasiadas opiniones para tan escasos datos objetivos? El desarrollo vertiginoso de las comunicaciones y la demanda de respuestas en tiempo real que resultan de tales adelantos exigen un replanteamiento de estas relaciones.

Nunca en mi larga vida he visto tanta filtración o infiltración, tantas opiniones a bote pronto, tantas consideraciones prejuiciosas, tantos disparos de fuego amigo o enemigo de todo un ejército de comunicadores en liza para despiezar la judicial pieza cuando aún está la misma en estado de prevengan. Nada de esto se plantea Picatoste en este libro suyo, que no tiene nada de monotemático ni judicial sino que es de índole claramente literaria, pero ya tiene en cartera otro en este activísimo retiro suyo que tratará de la Justicia y los accesos a la judicatura, que considera algo así como perniciosos. ¿La prensa tiene influencia en las sentencias de los jueces? Sería una de muchas preguntas.

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