Opinión | A los pies de los caballos
Elogio del buen traidor

Shadows of business people cast on the sheet rock wall of a large empty raw office space. / FDV
España ha tenido traidores infames, como Fernando VII, y otros que merecen los mayores elogios. La serie «Anatomía de un instante» nos recuerda algunos de estos últimos: Adolfo Suárez, Carrillo, Gutiérrez Mellado, Torcuato Fernández-Miranda, Tarancón, el rey Juan Carlos... Si no hubieran traicionado sus compromisos ideológicos en aras del bien general no estaríamos celebrando ahora el 50 aniversario del inicio de la Transición.
Traidor fue también Gorbachov, admirado por Occidente y odiado por Putin, cuyos potenciales traidores suelen tener tendencia a precipitarse desde pisos altos o ingerir alguna sustancia radiactiva. Los que quieren la democracia para Venezuela desean que afloren traidores a Maduro entre su cúpula militar. Y han traicionado a Trump su exvicepresidente, Mike Pence, y su exasesor de seguridad, John Bolton, muy cercanos a él en su primer mandato y hoy sus enemigos acérrimos.
De traidor han tachado al senador demócrata Mark Kelly, que ha instado a los militares estadounidenses a desobedecer cualquier orden ilegal que reciban de sus superiores, como la que se dice que dio el secretario de Guerra, Pete Hegseth, para matar a los supervivientes de un ataque a una supuesta narcolancha. El propio Trump amenazó a Kelly, exastronauta de la NASA y héroe de guerra, por defender algo que el propio Hegseth había dicho en 2016, que las tropas estadounidenses «no seguirían órdenes ilegales» del presidente, y que el rechazo a dichas órdenes ilegales es parte del espíritu y de los estándares militares norteamericanos.
Y si unos directivos no hubieran traicionado al consejero delegado de Ribera Salud, hoy no sabríamos que ordenó, supuestamente, prácticas inaceptables en el hospital público de Torrejón.
Cuidémonos de aquellos dirigentes que apelan a la lealtad por encima de todo, y de los que, como dijo la exministra Teresa Ribera, se declaran «perros fieles y leales» al amado líder. Llaman lealtad a lo que no es más que sectarismo y obediencia ciega, aunque esa fidelidad extrema suponga traicionar a la ciudadanía y a la ética más elemental, e incluso quebrantar la legalidad.
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