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Opinión | Dramatis Personae

Los cómplices

Vista de la entrada del Hospital de Torrejón de Ardoz gestionado por el grupo sanitario Ribera

Vista de la entrada del Hospital de Torrejón de Ardoz gestionado por el grupo sanitario Ribera / Rodrigo Jiménez / EFE

Siempre hemos sabido que la realidad es una obra teatral que se escenifica ante nuestros ojos. Los políticos y sindicalistas nos arengan desde los estrados y sus voceros, desde los platós. Los curas nos exhortan en sus homilías y los empresarios se enorgullecen en sus balances. Todos ellos emplean grandes palabras, como patria, pueblo o dios. Todos se declaran muy preocupados por sus semejantes y anhelan el bien común, aunque difieran en sus ideologías.

La verdad se proclama después, cuando se silencian los micrófonos, los focos se apagan y se baja el telón. Esa verdad sucia y rugosa, desprovista de cualquier artificio, se escucha a puerta cerrada en los reservados, las salas de juntas y las sacristías. Será entonces, sin fingimientos, cuando se fijen los objetivos contables; qué cuota de cuerpos o almas y a qué precio. Será entonces, sólo entonces, cuando todos desnuden su codicia.

En raras ocasiones surge una grieta, por descuido o por traición, que expone esos conciliábulos. Como esa grabación del CEO de Ribera Salud, Pablo Gallart, conminando a sus ejecutivos a maximizar beneficios rechazando pacientes y prolongando las listas de espera de un hospital madrileño, público pero de gestión privada. A la revelación le ha seguido otra representación: su apartamiento temporal y quizá su sacrificio, la promesa de investigaciones internas, las declaraciones tranquilizadoras de los consejeros de salud como el de la Xunta...

También nosotros desempeñamos un papel, aunque sea desde la platea. Somos espectadores y votantes; feligreses y clientes. Nos toca escandalizarnos. Una indignación en gran medida protocolaria, ritual, que pronto se diluirá o se redirigirá hacia otras noticias que nos arrojen como pasto. «Rasguen su corazón y no sus vestidos», exigía el profeta Joel. Tenemos la ropa remendada y el corazón, intacto.

Así de inocentes se habían sentido los oficiales y burócratas que asistieron al discurso que Himmler ofreció el 4 de octubre de 1943 en la localidad polaca de Posen. Hasta entonces habían oído hablar de «deportaciones» o «internamientos» de judíos; de «problema» y «solución». Muchos se permitían pensar que las masacres era rumores exagerados o excesos puntuales. Aquel día, sin embargo, Himmler pronunció la palabra «exterminio» y así se registró. Lo decidió a conciencia tras varios reveses militares. Los quería involucrar a todos; que nadie en el futuro pudiese alegar ignorancia o candor.

El Holocausto, aunque monstruoso en su dimensión, obedece a mecanismos muy sencillos, que se replican de manera cotidiana. La banalidad del mal que enunció Hannah Arendt, una vez más. Claro que Gallart no ha pretendido la muerte de nadie ni deseado su sufrimiento o su incertidumbre. Ha de ser buen padre, marido, amigo. Se enternecerá como cualquiera. Cederá el asiento y retendrá el ascensor. Donará al cepillo. También Himmler, aquel agrimensor miope, llamaba «muñequita» a su hija Gudrun. Lo sacrificó todo al hombre nuevo. Gallart lo sacrifica al beneficio. Son sólo cifras, dirían.

Nos gustaría pensar que un defecto moral congénito los explica. Cada uno es hombre y síntoma de su época. Concebimos a los fanáticos en uniforme, extendiendo la palma o alzando el puño. También visten trajes de raya diplomática. En cualquier caso, siempre necesitan colaboradores. Aquellos oficiales y burócratas. Estos ejecutivos. Y nosotros, que ya no podemos fingir que lo desconocemos. Hemos oído y leído a Gallart o hemos evitado oírlo y leerlo. Nosotros, que seremos ancianos desasistidos y parados sin cobertura; pacientes rechazados o anclados en una lista de espera y a la vez cómplices de nuestra propia ruina.

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