Opinión
La militarización de los jóvenes en la Europa del siglo XXI

Dos soldados, durante unas maniobras militares en Alemania. / Irene Benedicto / EFE
El reciente debate sobre la posible reactivación del servicio militar en distintos países europeos ha puesto sobre la mesa una cuestión que afecta, de manera directa, a los jóvenes de hoy.
No es un asunto menor: implica a toda una generación que deberá enfrentarse a las consecuencias políticas, sociales e ideológicas de un eventual proceso de militarización. Y, como suele ocurrir en estos casos, los discursos públicos que rodean este debate revelan contradicciones profundas en el seno mismo de las democracias europeas.
La reaparición del servicio militar –sea obligatorio o voluntario– afecta sobre todo a los hombres, lo que abre un frente de reflexión inevitable sobre las ideologías feministas que pretenden transformar la realidad sin contar con las situaciones inesperadas que nos depara el futuro inmediato.
Todos los movimientos ideológicos nacen y atraen adeptos con la pretensión de cambiar el mundo. Sin embargo, suele ser el mundo el que los cambia a ellos, y a sus líderes y dirigentes, quienes acaban por traicionar a sus propios seguidores. Los cambios sociales inesperados hacen que lo que antaño era absolutamente incompatible con las creencias y dogmas de una ideología hoy se acepte sin discusión. Las ideologías se adaptan a los nuevos cambios con más facilidad de la que parece. Con tal de seguir ahí, se acepta todo.
El ser humano no cambia la realidad: es la realidad la que convierte al ser humano en un cúmulo de contradicciones cambiantes en cada momento de la historia. Una cosa es predicar y otra muy distinta es dar trigo. Nos educan para la paz y nos ponen delante una guerra. ¿Qué hacer?
Volver a plantear la obligatoriedad o voluntariedad del servicio militar revela también las paradojas internas de la democracia, especialmente cuando las ideologías y políticas pacifistas, promovidas democráticamente durante décadas, se miden frente a sus propias promesas incumplidas.
En los últimos años se acumulan demasiados hechos que hacen pensar en el fracaso histórico de la democracia en el siglo XXI: alquiler, vivienda, «ocupación», paro, imposibilidad de acceder a un primer empleo, universidades vacías, títulos académicos sin valor mercantil ni laboral, y ahora la más que posible imposición de un servicio militar, resultado de los vientos de guerra que considerábamos definitivamente descartados.
Aunque la imposición militar no siempre se ha considerado de manera frontal, sí forma parte de las tensiones entre la democracia y la guerra: si el martirio es la única forma de suicidio legitimada por las religiones, la guerra es la única forma de homicidio legitimada por las democracias. Y parece que las democracias occidentales se sienten peligrosamente seducidas por una economía de guerra.
Y aquí surge una paradoja de cuidado: ¿cómo puede Europa condenar todas las guerras del mundo y, simultáneamente, promover la militarización de su propia población? ¿Qué queda de la «paz perpetua» de Kant, piedra angular del pensamiento ilustrado, que a su vez sostiene la arquitectura ideal de las democracias contemporáneas?
El irenismo o pacifismo de la Ilustración desemboca ahora, en el siglo XXI, en campañas publicitarias destinadas a invitar a los jóvenes a alistarse en un ejército que se prepara para una nueva guerra «en casa». La contradicción es evidente. No se trata en este artículo de defender la guerra ni de defender la paz –la realidad no se cambia con palabras–, sino de exponer hechos que exigen una reflexión crítica, a fin de evitar, o de prevenir al menos, desenlaces catastróficos: mandar a la gente más joven a un matadero.
El debate se ha visto avivado por informaciones publicadas estos días en diferentes medios de comunicación. Alguno de ellos planteaba directamente una pregunta involucionista, propia de otros tiempos, que creíamos superados: «¿Irías a la mili?». Y en suculentos e imperfectos titulares se nos decía que «un recluta en Bélgica» cobraba más que «un cirujano, un ingeniero o un arquitecto» en España.
El efecto retórico es innegable, aunque toda comparación exige matices: habría que ver de qué cirujanos, ingenieros o arquitectos hablamos, y en qué consiste exactamente la vida de un recluta, con qué responsabilidades y durante cuánto tiempo. Y, sobre todo, a qué se expone el joven soldado. Las comparaciones en bruto tienen una potencia emocional muy engañosa que conviene desentrañar.
El Gobierno belga ofrece dos mil euros netos mensuales a jóvenes que se alisten voluntariamente en el ejército. Sin embargo, este incentivo cuestiona el concepto mismo de voluntariado. Un servicio voluntario es, por definición, gratuito. Cuando interviene un contrato remunerado, la voluntariedad se convierte en otra cosa: no hay pistola en el pecho para firmar, pero una vez firmado, el compromiso es obligatorio, y con consecuencias que afectan directamente a la propia vida. La diferencia entre la voluntad y la obligación es, aquí, no sólo jurídica, sino también vital. Y contractual.
La propuesta belga introduce un cebo adicional: el económico. Quien no necesite ese dinero puede rechazar exponer su vida en la milicia, pero quien lo necesita queda atrapado. No hay libertad donde la voluntad es resultado de una coacción económica. La libertad de los pobres es una libertad siempre muy condicionada. Y a cambio de exponer la vida, en nombre de los dictados democráticos –nótese la paradoja– de la Unión Europea.
El fondo de todo este debate no es únicamente económico y militar: es político y extremadamente contradictorio. Europa ha construido su identidad contemporánea sobre el rechazo formal a la guerra y sobre la exaltación de la democracia como horizonte de paz perpetua, lema muy ilustrado y muy kantiano. La posible reactivación de los ejércitos de reclutamiento cuestiona estas bases y obliga a replantear la relación entre los jóvenes y un continente que, mientras predica la paz, prepara su militarización.
Sea como sea, tenemos una juventud que de nuevo está entre la paz y la guerra. La leva sorprenderá a muchos de estos jóvenes viendo vídeos cortos en redes sociales mientras pasean a su perrito. De ahí al frente de guerra, el contraste es más que notable.
Los gobiernos europeos predican la paz como discurso, pero preparan la guerra como horizonte. El continente que quiso superar y olvidar dos guerras mundiales, ahora se organiza para gestionar una tercera. Se nos ha educado siempre bajo promesas de paz, y sin embargo los jóvenes que viven en el siglo XXI parecen haber nacido para una nueva guerra. El regreso del servicio militar obligatorio a más de uno le resultará una paradoja democrática.
La pregunta final no es si los jóvenes irán o no a la mili, sino qué tipo de democracia es aquella que impone a estos chavales, niños educados en el pacifismo, ir a la guerra. ¿Para qué? Pregúntenselo a ellos, a ver qué les responden.
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