Opinión | Dramatis Personae
La influencia

Parte de un fotograma de «El nacimiento de una nación»
Todos emitimos y recibimos en el acto de comunicación. Actuamos y presenciamos. Hablamos y escuchamos. Incluso los monjes trapenses que profesan votos de silencio advierten y son advertidos con el gesto. Los anacoretas más aislados se murmuran a sí mismos y se acarician las manos por sentirlas acariciadas. Esa permeabilidad nos define como humanos. Sembramos en los demás, en fin, a la vez que nos ofrecemos como tierra fértil. Cada palabra que articulamos inaugura un universo en el que también otros habitarán. «Sea la luz» y es la luz.
El cura desde su púlpito y el político desde su estrado; el escritor con su pluma y el artista con su brocha o cincel. Ellos pronunciaban los discursos que construyen la realidad, al ordenarla y recrearla, cuando preñan otros oídos. También los periodistas, amparados en la coartada de nuestra imposible objetividad; poco más que un juramento ritual que pronto se olvida.
Todos los que nos dedicamos a esta profesión queremos ser influyentes. No digo sólo los periodistas de trinchera, que militan, o los mercenarios, que chaquetean. También los que acuden con honestidad a su micrófono y su teclado. Nos gusta pensar que con nuestra mirada ayudamos a conformar la de aquellos que nos atienden; que un artículo mío, por ejemplo, conmoverá a alguien o invitará a la reflexión antes de que su dedo me expulse de esta pantalla o de que este papel seque el aceite de la cocina.
Este alcance antes privativo de algunos oficios y licenciaturas se ha democratizado. Todos poseemos ahora en nuestros bolsillos megáfonos con mayor alcance que la más poderosa cadena televisiva. Cualquier mensaje puede llegar a los rincones más distantes. Cualquier usuario se puede convertir en prescriptor. Esto asusta o indigna a los que antes controlábamos ese fuego sagrado. Nada hay de malo en ello, salvo que multiplica nuestros propios pecados.
D. W. Griffith creó el lenguaje cinematográfico al innovar y sintetizar los recursos de lo que hasta entonces había sido teatro filmado: planos, montaje, estructura... El nacimiento de una nación es un obra asombrosa incluso ahora e impactó en su momento. Griffith había concebido una forma de narrar y por tanto, de excitar ideas y emociones en el narrado. Un relato capaz de matar.
El nacimiento de una nación cuenta el final de la guerra de Secesión, la reconstrucción del sur, la fundación del Ku Klux Klan... Está impregnada del racismo en el que Griffith se había educado. En la trama, los esclavos recién liberados se dedican al saqueo y la violación. Muchos espectadores abandonaron las salas encolerizados en aquellos días de 1915. Estallaron disturbios en varias ciudades. En Lafayette, un hombre blanco asesinó al primer negro con el que se cruzó por la calle. Griffith no había anticipado ni pretendía tal violencia. «Era un hombre de finales del siglo XIX perfeccionando las herramientas de un medio revolucionario del XX», ha escrito Hillel Italie.
No somos conscientes hoy, ni siquiera los nativos digitales, del poder de las palabras que difundimos y de las consecuencias que después cosecharemos. De cómo, por ejemplo, contribuimos con un simple clic a propagar el odio, la frustración y la insolidaridad que otros, en sus despachos, yates y jets, rentabilizarán. Ansiamos el don de la profecía que Apolo entregó en el lecho a la troyana Casandra. Luego, rechazado por ella, le castigó a que nadie la creyese. La verdadera maldición, el peso que debería abrumarnos, es que nos hagan caso.
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