Opinión | Cuaderno de bitácora
El carnaval de la Navidad

Una pareja se besa durante el encendido de las luces de Navidad en Vigo. / Adrián Irago
Ahora que todos los vigueses somos felices porque la Navidad en vez de dos semanas dura dos meses, me topé con una conversación insólita en un supermercado de la ciudad olívica. Confieso que presté atención de forma deliberada mientras a la señora y a su amiga les despachaban dos merluzas y una cantidad extraordinaria de mejillones, pero he aquí lo que escuché.
—¿Allariz? Ya estuve el año pasado, muy bonito y navideño. Pero cuidado, eh, ¡cuidado! Tienes que reservar mesa con antelación, ¡con mucha antelación!
La amiga muestra una mueca afectada, como si estudiase un campo de batalla.
—Hay mucha gente, sí, hay que organizarse bien.
—Claro. Es que la decoración es divina, eh, ¡divina! Pero claro, al final si vas ¿qué haces? Pues comer, ¿no?
La otra asiente, como si tras conducir desde Vigo hasta allí durante más de una hora, el no comer en la localidad fuese una elección impensable. Sin embargo, parece recordar algo y toma a su amiga del brazo mientras el pescadero termina de retirar las tripas a la primera merluza.
—Cuidado, eh, ¡que Lalín también merece el paseo! Las casitas navideñas son preciosas, a los niños les encantaron el año pasado.
—Planazo, ¡planazo! Tenemos que ir… –se emociona la otra. —Te pasas allí el día y con un buen cocido te vuelves más feliz que una perdiz.
La contertulia asiente y sonríe de puro regocijo, como si el cocido gallego fuese una bendición más inestimable que la que pudiera dar un papa. Tras confirmar cómo quiere que le troceen la merluza, continúa con el posible itinerario navideño.
—¿Y Portugal? Braga la ponen que te mueres.
—¡Es verdad! Viana do Castelo también, ¿eh? ¡Y Ponte de Lima! Y vaya café que hacen…
Las escucho con curiosidad y estoy ya casi a punto de tomar apuntes para hacer mi propia ruta, hasta que me doy cuenta de que estas dos viguesas planean cómo pasar un invierno huyendo de su propia ciudad. Es cierto que Vigo, que ya era una ciudad imponente, se ha hecho más famosa gracias a las luces navideñas y que –mientras no muere de éxito– el encendido de los doce millones de luces led logró el pasado quince de noviembre una ocupación hotelera de casi el noventa por ciento; sin embargo, es lícito que los vigueses midamos hasta dónde llega el sacrificio de la Navidad. Tenemos hoteles y restaurantes felices, pero también ciudadanos que no se atreven a disfrutar ni a caminar su propia ciudad. Más de cien calles con directrices especiales y permisos para acceder a viviendas y garajes, por no hablar de las incontables restricciones de tráfico. Sería más fácil con una Navidad al uso, aquella que duraba dos semanas, pero me pregunto si Río de Janeiro, por ejemplo, resistiría el envite de un Carnaval que durase dos meses y con la música a todo trapo en la ciudad.
Esta reflexión, como cualquier otra, no sopesa en realidad lo que estamos viviendo ahora, sino hacia dónde nos dirigimos y cómo acabará la jugada. Entre tanto, y si pueden, disfruten el paseo bajo los villancicos pop, que tanto en Vigo como en Lalín, Allariz y Portugal siempre tienen a la misma reina, Mariah Carey. Ella, que creó el hit más inabarcable e inextinguible de la Navidad, también llegó –medio en serio y medio en broma– a sucumbir al hastío de cantar y de ser siempre lo mismo, como si fuera imposible salir de ese círculo de impostada felicidad.
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