Opinión | Ni diestro ni siniestro
¿Quién teme a los adultos? Cómo madurar en una sociedad infantilizada

Lectura de «Harry Potter» en la librería Lello de Oporto. / Jose Coelho | EFE
Se dice con frecuencia que los adolescentes son temibles y hasta peligrosos: desobedientes, agresivos, especialmente en la enseñanza media. No diré lo contrario, pero sí afirmaré que, si yo fuera adolescente, tendría numerosas razones para considerar a los adultos mucho más temibles. ¿Por qué? Porque están más infantilizados que los propios adolescentes, y ni siquiera son conscientes de ello.
Los adolescentes no disponen de medios para infantilizar a la sociedad, la cultura o el mercado. Los adultos, sí. Y lo hacen con gran eficacia, hasta el punto de creérselo. Los jóvenes simplemente los imitan. O no. Y alguno, con razón, teme a los adultos.
La sociedad del siglo XXI es una de las más infantilizadas de la historia. Han sido los adultos quienes la han convertido en un cúmulo de infantilismos. En este contexto, los jóvenes tienen un problema: ¿cómo madurar en un mundo donde los propios adultos imponen comportamientos infantiles que cronifican la adolescencia colectiva?
No me refiero al llamado «síndrome de Peter Pan», acuñado por Dan Kiley en 1983, sino a algo mucho más grave: la infantilización sistemática de medio mundo, es decir, de los países occidentales que asumen la democracia liberal y mercantil como forma de gobierno. En este régimen político, la infantilización de la sociedad causa estragos en edades que sobrepasan la adolescencia y repercuten en profesiones muy importantes: profesores, jueces, periodistas, médicos, políticos y prostitutas.
La infantilización del adulto trae dos consecuencias evidentes: negar la realidad y fracasar en el trabajo. La perpetuación de la adolescencia implica idealizar la vida adulta y vivirla de forma equivocada, al suponer que hagas lo que hagas nunca pasa nada. El idealismo es el miedo a la realidad. La adolescencia representa la placenta donde uno vive creyendo que el mundo funciona según normas infantiles. Evidentemente, no es así. El mundo no es una guardería.
La falta de madurez emocional nos lleva a la consulta del psicólogo o del psiquiatra, con trastornos de personalidad y patologías mentales graves. Si estos problemas surgen en el trabajo, aparecen las bajas psíquicas y las empresas dejan de ser productivas. Lo sorprendente es que la sociedad, en vez de prevenir estos desenlaces, los promueve irresponsablemente.
Los modelos actuales encarnan a adolescentes crónicos que protagonizan actos de supuesto heroísmo tras los cuales sólo hay fracasos —que no se cuentan—. Cine, series y redes sociales potencian esta imagen adolescente de forma industrial e imparable.
¿Por qué los héroes de la democracia suelen ser figuras delictivas? Telediarios, prensa y medios de comunicación saturan sus portadas con la imagen de estos prototipos sociales. Los adultos se comportan como niños traviesos que delinquen sin que nadie se explique cómo ha ocurrido todo. Los más variados delitos se convierten en una adolescente travesura, tras la cual sus protagonistas recorren los escenarios televisivos contando sus peripecias, asombrados de las imputaciones que les atribuyen o de los hechos en que ellos mismos, «inocentemente», se han visto envueltos.
Nadie parece tomarse en serio al delincuente. El menor de edad, de hecho y de derecho, es inimputable. Incluso todo el mundo puede manifestar simpatía o amistad hacia él o ella. La dimensión espectacular de la delincuencia que ofrecen los medios de comunicación la convierte en algo con lo que inocentemente podemos convivir, como si nada. El delito es una «travesura», una suerte de comportamiento adolescente y juvenil, perfectamente comprensible. Este es el ejemplo que el siglo XXI y sus sistemas políticos y educativos ofrecen a los más jóvenes. Pero hay algo más. Y más grave.
El mercado ―como las instituciones educativas y la publicidad― también ha apostado por la infantilización del consumidor. De esta manera, el adulto se disfraza de adolescente, el adolescente se comporta como un niño, y el niño se convierte en un consumidor precoz y patológico. ¿Cómo es posible madurar en una sociedad así?
Piensen en películas como E. T., el extraterrestre (1982) o El rey León (1994 y 2019). En la pseudoliteratura de masas promovida por el mundo anglosajón, Harry Potter se lleva la palma. Los ejemplos son innumerables. El cine, la publicidad y las series televisivas eligen como protagonistas a adolescentes o incluso a jubilados o sexagenarios con comportamientos adolescentes. ¿Recuerdan el vídeo que recientemente el Gobierno español promovió sobre el coliving, donde un grupo de sesentones compartía vivienda y conservaba conductas infantiles, atados a videojuegos, ligoteando como críos o dejando todo sin recoger, como se atribuye a la imagen que de los adolescentes tienen tantos adultos?
Sorprende además que muchos de nuestros mayores que se comportan como niños objeten a los adolescentes conductas infantiles, cuando estos adultos no ven la viga en el ojo propio y se dedican a buscar palillos en ojos juveniles.
La infantilización de la educación, la cultura y la política genera una sociedad que no puede sobrevivir, porque provoca tres males difíciles de revertir: la supresión de la ciencia (que no está hecha para niños), la expansión de la ignorancia bajo el nombre de «cultura de masas» y la corrupción de la democracia, que exige adultos responsables en la gestión de los bienes comunes.
La literatura nos enseña muchas cosas, y entre ellas una muy importante: aprender a madurar. El Lazarillo de Tormes, protagonista de la novela que lleva su nombre, no es solamente un personaje de la picaresca: es un niño que tiene que madurar precipitadamente para sobrevivir en el mundo real. Hoy se impone lo contrario: la figura de adultos que se infantilizan para hacerse famosos en un mundo ideal, salir en los medios de comunicación y estimular con su imagen y palabrería el consumo de determinados productos mercantiles.
Por este camino, a nuestra sociedad le quedan dos generaciones ―o dos telediarios―, como mucho. Porque otros pueblos, otras sociedades, que no pueden permitirse el lujo de vivir en nuestro infantilismo, nos reemplazarán. Es propio de niños no ver más allá de lo que hay en la placenta familiar, social, educativa. La democracia no es cosa de niños, y por sí sola no podrá salvarnos.
Si nosotros tenemos miedo a comportarnos como adultos, los inmigrantes no lo tienen. Ellos son hoy Lázaro de Tormes, y no tienen miedo. A nada. A ellos la vida les obliga a madurar sin idealismos. Y con frecuencia vienen de países donde la democracia es una palabra que no significa nada.
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