Opinión | Salud&Placer
Sexcrituras: la Biblia y el deseo

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El otro día, en el Hematofesti, alguien citó pasajes de la biblia con tintes sexuales, y de ahí, y de la voz maestra del Hematocrítico (que aún resuena), nacen estas Sagradas Sexcrituras para seguir con nuestras «Edades del Sexo», buceando en la historia sexual de la humanidad.
Porque si nos acercamos a la Biblia con curiosidad y sin miedo a ruborizarse, descubrimos que el Antiguo Testamento es uno de los libros más humanos, sensuales y contradictorios que se hayan escrito (me flipa). Allí está todo: el deseo, la culpa, la ternura, el tabú, la curiosidad, la necesidad de tocar y el miedo a hacerlo.
Eva comienza la saga cuando prueba el fruto prohibido y «se le abren los ojos». Ese despertar que el Génesis llama pecado no es otra cosa que una metáfora del descubrimiento del cuerpo. En la Biblia, la palabra «conocer» aparece una y otra vez para referirse al acto sexual: Adán conoció a Eva, Abraham conoció a Sara, Jacob conoció a Raquel. Conocer, allí, es desear, tocar y mezclarse. Ahora nos «conocemos» por Tinder, cuadra bastante bien.
Luego llegan Sodoma y Gomorra, reducidas a cenizas por «excesos de la carne». El texto dice que los hombres de la ciudad querían «conocer» a los visitantes de Lot, y ahí comenzó toda una tradición de condena sexual. Pero si lo pensamos bien, lo que se castiga no es el deseo, sino la diversidad. Esas dos ciudades se convirtieron en el símbolo de lo que la moral temía: lo libre, lo diferente, y de ahí a la represión sexual, esa sí la «conocemos» bien.
El libro de los Jueces también tiene su historia oscura con una concubina ofrecida a una turba y violada hasta la muerte, relato tan brutal como antiguo, espejo del poder y del cuerpo usado como moneda. En Génesis, las hijas de Lot emborrachan a su padre para acostarse con él y «salvar la descendencia». En el capítulo 38, Onán derrama su semen en tierra para no dejar embarazada a su cuñada, y de ahí nació el mito del pecado de la masturbación.
Y luego está el Cantar de los Cantares, el oasis del deseo. «Tus dos pechos son como dos cervatillos, tus labios destilan miel, tu cuello es como una torre de marfil». No hay castigo, ni culpa, ni sermón: solo un cuerpo que celebra a otro. Ese libro, escondido entre profecías y guerras, es el primer canto al erotismo en la cultura occidental. Podría haber sido nuestro Kamasutra, pero lo enterramos bajo siglos de culpa.
Más explícito es el profeta Ezequiel, cuando escribe sobre mujeres «que se enamoraron de amantes cuyos miembros eran como los de asnos y cuyo flujo era como el de caballos». Sí, eso está en la Biblia. No hace falta buscar en literatura erótica moderna: el Antiguo Testamento ya lo contó todo, solo que con metáforas y la culpita posterior.
Leída sin dogma, la Biblia no es enemiga del sexo. Es un reflejo de cómo las culturas han intentado controlarlo y, al mismo tiempo, no han podido dejar de escribir sobre él. Entre mandamientos y metáforas, late la misma pulsión: la de vivir en un cuerpo que siente, desea, teme y se contradice.
Quizás por eso conviene volver a leer esas páginas con otra mirada, no para encontrar mandamientos nuevos, sino para recordar que el deseo también forma parte de lo humano, incluso cuando se intenta borrar.
Amén, placeres. Nos leemos y escuchamos en www.saludplacer.com
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