Opinión | Dramatis Personae
El trigo y la IA

Un campo de trigo manchego. / Víctor Fernández
Me he sentido a punto de caducar durante un cursillo sobre inteligencia artificial. Cualquier cincuentón como yo, menos los mejor avisados, lo entenderá. El fuego, la rueda, la escritura, la imprenta, la máquina de vapor... Cada una de esas invenciones y otras tantas voltearon la realidad. Nos han agigantado, concediéndonos el dominio de la naturaleza, a la vez que dejaban cadáveres en la cuneta. Por el desagüe de los siglos fueron desapareciendo porteadores, copistas, iluminadores o artesanos igual que aquellos afiladores que aún se anunciaban por las calles cuando yo era niño.
Esas transformaciones, sin embargo, se espaciaban y se digerían durante generaciones. La mayoría de seres humanos nacían y morían, siempre un parpadeo, en el mismo mundo. La historia ni se repite ni concluye. Avanza y se acelera, atropellándonos. Cualquiera en esta época habrá experimentado durante su existencia muchas revoluciones tecnológicas igual de radicales que aquellas escasas.
Hoy todo el conocimiento humano y su aún más inmensa confusión caben en la palma de la mano. Nos hemos dividido entre nuestro yo carnal y los virtuales. La neurociencia nos desprovee del alma y la cosmología, de Dios. Aspiramos a la computación infinita y a la eternidad biológica a la vez que empequeñecemos. Entre tanto seguimos muriendo, pero en un mundo completamente diferente al que contemplamos al abrir los ojos.
De nada sirve rebelarse como aquellos luditas que destrozaban los telares mecánicos en la Inglaterra del XIX. Nos vamos adaptando o resignando. Sobrevivimos, mayormente, hasta que la edad nos oxida o la modernidad nos desborda. Nos acabamos convirtiendo en el anciano desorientado ante la pantalla de un cajero automático, que añora a su bancario. En el comerciante de barrio al que desola el revuelo de los paqueteros. En el periodista cuyos textos se pueden replicar con un chasquido de dedos. En aquel último afilador, a cuyo chiflo nadie respondió.
Posiblemente la IA exceda y trascienda cualquier avance anterior. Obligará a redefinir el concepto mismo de la vida, que hoy nos equipara a un liquen. Con mayor razón nos hermanará a un ente autónomo y autorreplicable, quien sabe si consciente de sí. Solemos imaginar en terrores y ficciones que la IA nos esclaviza o nos masacra. Le adjudicamos nuestras propias pulsiones. La IA, por contra, podría lavar ese pecado original que nos obliga a ganar el pan con el sudor de la frente. Aliviará, en tal caso, nuestras cargas y redefinirá la sociedad. Nos liberará del trigo.
En Sapiens, Yuval Noah Harari cuenta que la primera y más profunda revolución, la neolítica, consistió en un fraude. Aquellos cazadores-recolectores dedicados a ser felices y holgar, una vez cubiertas sus necesidades básicas, se convirtieron en agricultores condenados a largas jornadas de trabajo. No domesticamos al trigo silvestre, que escaseaba en los prados. Nos domesticó él, obligándonos a arar, sembrar y recolectarlo. Nos multiplicó para expandirse. A estas y otras mieses, en las fábricas y las oficinas, seguimos encadenados.
La IA ha venido a nosotros en esta parusía, prometiéndonos la salvación. Y quizá esa sea la maldición que esconde. Cuando cese el ruido de los teclados y las cadenas de montaje nos quedaremos a solas con nuestros pensamientos; quién sabe si incapaces de saber, 10.000 años después, qué diablos hacer con tanta libertad.
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