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Opinión | Sálvese quien pueda

Con menos prensa, menos democracia

El periodismo se convierte en una profesión de riesgo.

El periodismo se convierte en una profesión de riesgo.

Antes de coger el tren de Madrid busqué en la estación de Vigo un kiosco de prensa con ese síndrome de abstinencia que nos da a los lectores diarios cuando nos falla el papel, y no hallé ninguno a pesar de estar en medio de ese enorme complejo, Vialia, en que te venden desde bragas hasta helados de gustos tropicales pasando por flores, loza, teléfonos.... pero de leer diarios, nada de nada. Subí al tren con la esperanza de hallarlo en Ourense, donde tenía que comer y siempre lo tuvo, y lo habían eliminado. Tuvieron que pasar 259 km de líneas férreas para hallar uno en Zamora, pero si lo hubiera buscado en la estación de Salamanca, mi destino final, tierra universitaria, tampoco lo habría hallado. En el mismo tren siempre daban a elegir prensa si ibas en preferente pero ya no, y sin dar explicaciones.

Sin embargo, todo el mundo, en la estación o en el tren, iba como alelado ante su teléfono, como si ese aparato fuera su única fuente informativa. Pero últimos estudios publicados dicen que el tiempo de permanencia máxima de la mayoría de las personas que se informan por móviles es de tres a cuatro minutos. Muchos solo leen los titulares. Jon Lee Anderson, un periodista de altos vuelos del que junto a su colega española Patricia Simón acabo de leer Guerra, paz y periodismo, afirma la dificultad de explicar realidades cada vez más multifactoriales en un momento muy complejo de la humanidad a una ciudadanía que ha perdido la capacidad de concentración. «Primero cedimos paso a los autoproclamados ciudadanos periodistas. Luego a los blogueros y a los troles Es toda un industria». Ahora Musk quiere montar su propia wikipedia. Y leer es como poner una alarma inteligente ante estos ladrones de la democracia.

Paradójicamente, cuando cualquier persona con cultura media sabe que el periodismo es el baluarte de la democracia, surgen críticas groseras e interesadas a su labor y resulta que un hombre digno de toda desconfianza como Trump monta su propia red y se atreve descaradamente a llamarla Truth, Verdad, que es lo contrario de lo que practica. O sea que estamos asistiendo a un paso a segundo plano del papel (¿cuántos veis en la calle con periódico bajo el brazo?) mientras, como cuenta Jon Lee Anderson, la internacional del odio y la industria de la desinformación son tan potentes que están coniguiendo lavar el cerebro a millones de personas que solo se preocupan de cómo tienen los abdominales.

Está claro que hemos vuelto a tiempos oscuros dirigidos por abrazafarolas y bebecharcos y, lo que es peor, votados por quienes seguro que no leen nada porque es imposible tal voto de personas leídas y cuerdas. Y estos bocachanclas lo único que saben es que para mandar como quieren, es necesario destruir o al menos desprestigiar al periodismo. Mirad cómo el periodismo americano está amenazado con Trump, mirad cómo el presidente Uribe, en Colombia, insultaba a los periodistas llamándoles terroristas de los derechos humanos pero en la misma línea que Bolsonaro, Milei, Abascal, Erdogan, Putin, Netanyahu... Estos recuerdan cómo cayeron presidentes y dictaduras cuando la prensaera fuerte, y no quieren que se repita. Esto sirve tanto en lo local como en lo internacional. Y todo empieza cómo empezó esta columna: no hallando prensa por ninguna parte.

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