Opinión | El mundo 4.0
Electricidad inalámbrica, la nueva frontera tecnológica

La electricidad es el pilar de la vida moderna.
Laura despertó con el suave sonido de la alarma del móvil, acompañada del zumbido del ventilador eléctrico que movía ligeramente el aire caliente de la habitación en aquel sofocante día de verano. Encendió la luz y tras ducharse con agua tibia, gracias al calentador eléctrico, usó su plancha para el cabello. En la cocina, la cafetera automática preparaba su café mientras la tostadora doraba el pan. Leyó las noticias en su tableta, y posteriormente bajó en el ascensor hacia el garaje, donde su coche eléctrico la estaba esperando. En la oficina, el ordenador, la pantalla, la impresora y el aire acondicionado trabajaron sin descanso toda la mañana. De regreso a casa, encendió el horno microondas para calentar la cena y disfrutó de su serie favorita en la televisión mientras el robot aspirador limpiaba el suelo. Antes de dormir, conectó el móvil a cargar y apagó la lámpara. Sonrió al pensar que, sin electricidad, nada ese día habría sido posible: es el pulso invisible de la vida moderna.
La electricidad es, sin lugar a dudas, uno de los pilares fundamentales de nuestra sociedad. Desde la iluminación de nuestros hogares hasta el funcionamiento de complejas redes digitales que sostienen la economía global, la electricidad impulsa prácticamente todas las actividades humanas. Su presencia es tan cotidiana que muchas veces olvidamos que sin ella el mundo tal como lo conocemos dejaría de funcionar. La industria, la medicina, la educación, el transporte y las comunicaciones dependen directamente de un suministro eléctrico estable y seguro. Los hospitales, por ejemplo, requieren electricidad para mantener equipos de soporte vital, conservar medicamentos y realizar cirugías. En la educación, la digitalización ha transformado las aulas gracias al acceso a computadoras, internet y recursos multimedia, todos alimentados por energía eléctrica. La electrificación del transporte es otro claro ejemplo. Los vehículos eléctricos están reemplazando paulatinamente a los de combustión interna, lo que implica una revolución en infraestructura, redes de carga y gestión energética.
Mirando hacia el futuro, la electricidad será todavía aún más crucial, pues es la base de la actual transformación digital que vive el mundo. La inteligencia artificial, la robótica, la automatización industrial y las redes 5G necesitan suministro de electricidad para poder funcionar. Y a medida que las ciudades se convierten en «ciudades inteligentes», el consumo eléctrico aumentará. En el siglo XXI, la electricidad no solo representa comodidad, sino también progreso, innovación y sostenibilidad.
Por otro lado, el futuro de la electricidad estará marcado por la descentralización y la autonomía. Gracias a la generación distribuida, los consumidores podrán producir su propia electricidad mediante paneles solares o microturbinas eólicas, contribuyendo así a un sistema energético más resiliente y democrático. La electrificación de zonas rurales o de difícil acceso también será una prioridad, ya que el acceso universal a la energía es un derecho fundamental y un motor de desarrollo social y económico.
Pero la gran novedad tecnológica que conoceremos en un futuro no muy lejano será la electricidad inalámbrica, o transmisión inalámbrica de energía, una de las innovaciones más prometedoras del siglo XXI. Su objetivo es eliminar la necesidad de cables para suministrar energía eléctrica, permitiendo alimentar dispositivos y sistemas a distancia mediante campos electromagnéticos, resonancia magnética o microondas. Este avance, que hasta hace poco parecía ciencia ficción, podría transformar radicalmente la forma en que distribuimos y usamos la energía, y abrir un abanico de nuevas posibilidades en el diseño de máquinas e instalaciones complejas, móviles o remotas en donde no resulta factible el cableado tradicional.
La historia de la electricidad inalámbrica se remonta a Nikola Tesla, quien a principios del siglo XX soñaba con un mundo en el que la energía fluyera libremente por el aire. Aunque sus experimentos no lograron materializar una red global de energía sin cables, sentaron las bases teóricas para los desarrollos actuales. Hoy, gracias a los avances en física, electrónica y materiales, ese sueño está más cerca de hacerse realidad. La transmisión inalámbrica de electricidad mediante luz, a veces denominada «beaming de potencia óptica», funciona esencialmente así: un láser infrarrojo emite un haz altamente direccionado; ese haz es reflejado o guiado mediante un espejo o sistema óptico hacia un receptor equipado con células fotovoltaicas; dichas células convierten la radiación luminosa incidente en corriente eléctrica.
La clave de esta tecnología es la capacidad de enviar energía a través del aire usando luz en lugar de cables, y luego convertir esa luz en electricidad en el receptor. En cuanto a pruebas reales, se han realizado varios experimentos: por ejemplo, un equipo de investigadores de la Sejong University (Corea del Sur) logró transferir 400 mW de potencia mediante luz infrarroja a 30 metros de distancia, y convertirla en 85 mW. Otra prueba, llevada a cabo por la empresa NTT en Japón, usó un haz de 1.035 kW de potencia para generar 152 kW a 1 km de distancia durante 30 minutos. Más recientemente, el proyecto DARPA «POWER» (Persistent Optical Wireless Energy Relay), consiguió enviar 800 W de potencia a una distancia de 8,6 km, con una eficiencia de alrededor del 20%. Estos ensayos demuestran que la técnica ya no es solo conceptual, sino que se acerca a la viabilidad práctica, aunque todavía con desafíos importantes como la eficiencia y la seguridad, que deben superarse para su adopción amplia. A pesar de estos obstáculos, los beneficios potenciales de esta tecnología son enormes. Así como el sistema wifi cambió la comunicación, la energía sin cables podría significar un paso trascendental en la evolución tecnológica de la humanidad.
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